"Angels
won´t lie"
Basado en Saint Seiya de
Masami Kurumada
Ikki x Hyoga
By Kurai Neko
Kn: Ais.. que calor..
Ikki: .. ves? Siempre quejándose...
Hyoga: Eso, quéjate... tu que puedes >_>U
Ikki: ô_o .. ¿estás intentando decirme algo, ruso de..?
Kn: Ey, ey.. quietos paraos! No quiero riñas!
Hyoga: No es lo que busco, exactamente o.o
Ikki: Pues parece ser que es lo único que encuentras conmigo **
Hyoga: ;.; .. Ikki eres cruel conmigo!! T-T
Kn: o.oU .. weno.. el capítulo…
Angels won´t Lie
Capítulo 4.
Tonight I'm sleeping with eyes wide
open
You're my eyes when I am not there
Había perdido la cuenta de las veces
que había cambiado de posición desde que se acostara en la cómoda y firme
cama que poseía.
No tenía seguro si prefería pasar la noche en vela o tratar de dormir un poco.
Todo era demasiado extraño.
Después de que consiguió
"tocar" al ente que lo acompañaba todas esas noches desde hacía más
de un mes, el chico no había aparecido de nuevo, y de eso hacía ya unos tres
días.
Ikki suspiró, pensando vagamente donde se habría metido todo ese tiempo, pero
un olor a canela hizo que levantara la cabeza, todo su cuerpo alerta.
Era el olor del pequeño rubio.
Dulce y sutil.
No recordaba en que momento había
aprendido a detectarlo, pero estaba seguro de que era él.
Había vuelto a su lado.
Cerró los ojos reprimiendo una sonrisa y susurrando una sola palabra.
- Bienvenido.
Bostezó sonoramente y pronto cayó en un sueño profundo.
Se restregó los ojos, sentándose en
el borde de su cama dentro de, lo que sabía que era, un sueño. Y como había
sospechado, él estaba allí.
Lo miraba distraído desde una esquina de la habitación, la más próxima a la
puerta. No hizo señas de querer acercarse, pero pronto las hizo para que se
acercara el moreno a él. Ikki, intrigado, se levantó y caminó hasta la
ventana, donde se había desplazado el chiquillo mientras lo observaba
fijamente.
El chico se sentó en el alfeizar, moviéndose con la agilidad y seguridad de un
gato. Su mano palmeó el lugar junto a él y el dueño del cuarto se sentó
donde indicaba.
Se quedaron así por un lapso de
tiempo que Ikki no pudo identificar de otra manera que no fuera deliciosamente
silencioso y calmado.
El rubio balanceaba los pies, con las manos apoyadas a los lados de sus muslos,
agarrando el saliente. El moreno se recostaba un poco en la pared, mirando el
parque que se extendía detrás de su casa, delante del jardín.
Algo tiró de su manga y se sorprendió al ver el pequeño y etéreo puño que
tomaba la tela, pidiendo su atención.
Parpadeó antes de dirigir sus ojos al rostro del muchacho y ver una expresión
confusa pero en cierta medida decidida.
El niño aleteó, aún sentado a su
lado, estremeciéndose de repente. Ikki pensó que las plumas debían hacerle
cosquillas en el cuello.
Aún así, el espigado cuerpo del chiquillo se separó de la cornisa sin caerse,
con elegancia. Giró y se dejó observar por Ikki, que extasiado se fijaba en el
contraste que sus ropas blancas, aparentemente incorpóreas, hacían con las
diferentes luces de la ciudad allá al fondo.
Podía ver los edificios a través de él.
Unos dedos largos y finos irrumpieron el momento, tratando de dar a entender al moreno que los tomara.
Ikki no dudó.
Tomó la mano que le prestaban y el
pequeño tiró de él. Esta vez sí notó el impacto, pero no la calidad del
tacto del muchacho, aunque lo que más le preocupó fue ver como empezaban a
caer, debido al peso extra.
El niño se debatió contra la gravedad, aleteando más deprisa y más fuerte.
No tardaron en sobrevolar por encima de las nubes, donde el rubio extendió sus
alas y se dejó llevar por las corrientes de aire caliente.
Ikki habría gritado si no se hubiera quedado sin palabras.
Respiraba fuertemente, agarrado a la
cintura del chico, mirando bajo él como la ciudad pasaba rápidamente bajo su
cuerpo.
El muchacho cambió de dirección y empezó a hacer un rodeo suave.
El moreno giró la cabeza, para preguntarle a donde lo llevaba, o si sólo le
estaba dando un paseo, pero si la impresión de sobrevolar la urbe lo tenía
casi incapaz de hablar, lo que vio entonces, lo dejó del todo mudo.
El chiquillo sonreía, verdaderamente
contento, con la cabeza ladeada, mirando hacia abajo. Su mejillas estaban
coloreadas y una dulzura infinita se desprendía de todo su ser. Y no sólo la
provocaba el aroma que despedía, envolviéndolo. No.
Su cabello alborotado ondeaba suavemente y sus ojos brillaban con una sensación
de antelación pintada en ellos. Su cuerpo relucía con un blanco puro y
radiante.
Nunca lo había visto tan feliz.
El vuelo describió un pequeño
circulo, que se achicaba cada vez más, moviéndose hacia abajo, en espiral.
Aterrizaron limpiamente en un jardín un poco descuidado y pequeño, lleno de
macetas y arbustos, con una mesa de metal pintado de blanco y unas sillas del
mismo estilo rodeándola.
Los grillos cantaban alternándose unos con otros o simplemente todos a la vez,
sin llevar un orden entre todos ellos.
El muchacho alado se separó de Ikki,
caminando como si conociera perfectamente el camino. El mayor, después de dar
un último vistazo al lugar lo siguió, pero paró de repente, cuando el otro
simplemente atravesó la puerta.
De pronto un brazo apareció, saliendo de la madera de la puerta, la mano lo
atrapó y tiró de él.
Ikki cerró los ojos, esperando el golpe que nunca llegó. Cuando los abrió de
nuevo estaba en una cocina pequeña pero amorosamente decorada.
No tuvo tiempo para mirar más por
donde iba, ya que el rubio lo apresuraba.
Salieron de la cocina e ingresaron a un pasillo, a la izquierda había una
escalera y más allá se adivinaba una sala. Subieron los escalones, el rubio lo
hacia de dos en dos, impulsándose con las alas.
Entonces Ikki se dio cuenta que de vez en cuando un poco de plumón caía de
ellas, apagándose y desapareciendo antes de tocar el suelo.
El rubio miró a un lado y a otro y después atravesó la puerta que tenía frente a sí. Un carraspeo del otro lado le recordó que su acompañante no estaba acostumbrado a esa forma de entrar en otros lugares, así que salió de nuevo y agarrándolo del brazo lo hizo pasar.
Lo primero que notó Ikki es que
había poca luz, las persianas estaban bajadas. Pero el muchacho le hacía de
lucero, iluminando la estancia.
Era un dormitorio, seguramente de algún adolescente. Tenía una cama y una
mesita de noche, un escritorio con su silla, un PC y varias estanterías con
libros; el armario estaba a su derecha y al fondo se veía una puerta doble que
daba a un balcón. Adivinó que el balcón seguramente estaría orientado hacia
la calle.
Todos los muebles eran de tonos claros y tanto las paredes como los detalles de
la habitación ostentaban diferentes tonos de azul.
El muchacho estaba apoyado en el
escritorio, mirando con nostalgia hacia la mesilla. En ella había una lámpara,
un libro y un portarretratos de marco dorado.
Ikki se acercó, sentándose en la cama y observando los tres objetos,
entrecerrando los ojos por la oscuridad en la que se encontraba, ya que el chico
de ojos claros estaba justamente al otro lado de la habitación.
Lo miró nuevamente y suspiró ronco.
- ¿Quieres que mire algo de aquí? - el niño cabeceó afirmativamente, sin dilación - Ven aquí, no veo nada.
Aunque el chiquillo frunció el ceño
por la orden del mayor, el tono de su voz no había sido agresivo, así que,
tomándolo como una petición, se acercó lentamente.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que el otro pudiera contemplar
los objetos sin ningún problema paró.
Ikki volcó su atención en el libro,
pero no trató de alcanzarlo. Miró sus tapas, el grosor y el título, con cara
de concentración. Era un relato de Stephen King, se llamaba "La Torre
Oscura". Negó con la cabeza sin adivinar que pretendía el chico.
Aunque lo comprendió en cuanto sus ojos divisaron la foto enmarcada.
La tomó apresuradamente entre sus
manos, abriendo los ojos lo más que pudo.
Un niño rubio de unos doce años de edad sonreía animadamente, saludándole
con una mano. Llevaba una camiseta azul sin mangas y calentadores negros en los
brazos. Sus cabellos prolijamente peinados enmarcaban un rostro menudo y
ligeramente bronceado y sus pestañas espesas delineaban unos ojos de pupila
azul. Su mirada era cálida pero un tanto inquietante.
Una mujer de apariencia amable apoyaba una mano sobre su hombro. El parecido con
el chiquillo era indiscutible.
- ¿Eres tu? - preguntó en un murmullo - ¿Tu vivías aquí?
Por toda respuesta recibió una sonrisa triste y un tanto forzada.
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Kn: ¡Tengo trabajo!¡tengo trabajo!!
T~T
Ikki: Alégrate mujer .. o_OU
Hyoga: ¿Es que no lo comprendes? ._.
Ikki: Me parece que como vosotros dos, no ô_o
Kn: Eso significa que podré entrar menos en el MSN ._. que tendré menos tiempo
para pensar en yaoi y leer fic y... me joden todo el puto verano! Además de...
Hyoga: ¡No podrá seguir el ritmo que llevaba con este fic!
Kn: Aunque trataré de hacerlo u__ú
Hyoga: u,__,ú
Ikki: .. y? oÔ
Kn: que poco sensible...