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Flor de loto ::
Basado
en Saint
Seiya
By
Shaka
Capítulo 2:
El frío y austero viento ondeaba sin cesar las coloridas banderas y
abalorios, llenando el espacio vacío con su replicar, en honor a los
infatigables peregrinos que avanzaban contra las dificultades, recorriendo con
la distancia de sus cuerpos desplegados sobre la tierra el camino que les
separaba de Lasha, la ciudad prohibida, hogar durante milenios de los Dalai
Lama.
Desde lo alto de una escarpada roca, un joven observaba el ritual de sus
paisanos. Se levantaban, unían las manos sobre el pecho en señal de ruego,
caían suavemente de rodillas al suelo, y tras tenderse por completo sobre él,
repetían el ciclo, cubriendo con lenta parsimonia los penosos kilómetros.
Solía acudir todos los años en esas fechas a observar en silencio las
caravanas humanas, y aunque podía decirse que ciertamente no habían
diferencias entre las sucesivas riadas, aquella que en concreto contemplaba
tenía un significado especial para él: sería la última que viese en la vida,
tal y como ahora la conocía.
A sus veinte años, Mu era consciente de la dimensión desorbitada que su mundo
iba a cobrar. Había sido escogido a edad muy temprana por su peculiaridad…
Aquel hombre deslumbrante y místico le dijo que de él se esperaba algo más
que convertirse en un simple monje budista…
Estás llamado a ser algo que nunca hubieses imaginado.
La última noche de su mes de reflexión había concluido al fin. Recordó
las palabras exactas de Shion, su venerado maestro, y cómo había abandonado
así el modesto templo en el que se había criado durante la primera etapa de su
infancia. Tal y como le había indicado, tras el amanecer del trigésimo día
volvería a las desoladas tierras a medio camino entre el Tibet y Nepal, más
cerca del confín del mundo que de meras fronteras políticas.
Tras arduos años de entrenamiento y estudio, había llegado la hora de su
proclamación. Como todo integrante de la Casa de Aries, debía someterse a la
ceremonia de iniciación, un ritual que, según le había detallado el Patriarca
de Atenea, era un acto íntimo entre mentor y alumno, con el cuál se traspasaba
de generación en generación de guerreros los secretos y legados de toda la
Orden a la que iba a entregarse, conocimientos que contaban ya con casi cuatro
milenios de historia.
Aún no había pisado la mítica ciudad griega, y pese a que la imaginaba a
través de libros y relatos, estaba llamado a cargar con más responsabilidad
que el resto de sus futuros compañeros. Guardaría con recelo todos los
registros y documentos que relataban la existencia de aquella comunidad
vinculada a la Diosa de la sabiduría, codificados todos ellos en una lengua que
sólo los custodios del primer signo del zodiaco conocían, la lengua de los
alquimistas, la de una cultura prácticamente perdida en las profundidades del
olvido colectivo.
Su larga cabellera, siempre recogida, era azotada por la misma brisa helada
llegada del Himalaya. Contempló una vez más la serpenteante y oscura mancha
que formaban los cientos de personas congregadas, y se alejó de allí en
completo silencio, como si nunca hubiese estado en aquel lugar. Tras una hora de
camino por abruptos terreros que sólo un nativo podía recorrer con paso ligero
y seguro, llegó hasta la que había sido su morada todos esos años, la Torre
de Jamir. Aunque pudo percibir su cosmos antes de siquiera tener la formidable
silueta de la construcción en el horizonte, fue al contemplar el esbelto y
portentoso cuerpo de Shion, sus cabellos ondulantes y la insondable mirada que
dejaba entrever un alma pura y repleta de sabiduría, cuando fue plenamente
consciente de que la hora había llegado.
Se inclinó en una sentida reverencia. Había seguido sus indicaciones, una por
una, fielmente.
Siguiendo con la tradición, había transformado paulatinamente su cuerpo. La
totalidad de su piel carecía de vello, tan sólo quedaba en la misma la
magistral melena y las cejas, bien delineadas, y que conseguían dar equilibrio
a su rostro casi andrógino.
Había disfrutado minuto a minuto de la soledad y aislamiento en las montañas
que le habían visto nacer. Se había empapado de los ritos propios de su
tierra, de creencias profundamente budistas, ya que pronto debería despojarse
de las mismas para abrazar a un precepto más potente que una mera religión.
Defendería a nada más y nada menos que una divinidad. Aún así, se dijo que
trataría de no olvidar los legados de su cultura. Al fin y al cabo, Buda no
había sido un Dios, sino un hombre que había encontrado en su forma de ver el
mundo un camino hacia la búsqueda del equilibrio.
- ¿Lo has dispuesto todo como te indiqué?
- Sí, maestro.
Le siguió, y ambos se adentraron en la ancestral torre. Tras cerrar las
puertas, la luz entraba por sus múltiples ventanales, creando todo un juego de
formas y texturas. Justo en su centro había una pequeña sala circular, sobre
la que se elevaba una escalinata de caracol que conducía a los niveles
superiores.
Era en esa sala donde se realizaban los complicados procesos de descomposición
de la materia, hasta obtener de la misma los ocho elementos básicos que
constituían la base de la alquimia. Con ellos se creaba la piedra filosofal, o
como preferían ellos llamarla, el polvo de estrellas.
Tomó asiento con calma en el suelo, mientras el antiguo portador de Aries
inició, una vez más, la secuencia en probetas y demás variopintos artilugios
de todas clases, creando un sinfín de reacciones químicas y nubes de protones
que teñían su alrededor de vivos e irreales colores.
Cuando hubo concluido, diluyó el polvo resultante, obteniendo un líquido que
reservó apartado en una mesita. Extrajo de la bolsa que le había acompañado
durante su viaje una serie de enseres. Aunque no lo exteriorizara, se sentía
profundamente emocionado por introducir a su pupilo en el camino al que le
había llevado de la mano durante la última década y media.
Se arrodilló frente a él, y tomó su hermoso rostro entre las manos, aplicando
un empaste en los arcos superiores a los ojos, vivos, brillantes.
- Dime, Mu, ¿en dónde reside la fuerza de la primera Casa del zodiaco, a la
que tú y yo pertenecemos?
- Somos los primeros custodios, los que guardan celosamente la técnica de la
restauración de las armaduras... Los encargados de hacer que los secretos de
esta Orden perduren generación tras generación, maestro.
Asintió, y tras cubrir con una venda la espesa capa de cera, tiró con fuerza y precisión de la misma, dejándole desprovisto de cejas. A continuación, sostuvo entre los dedos un afilado utensilio y un elaborado envase de delicado y decorado cristal. Impregnó su fina punta en la tinta que éste contenía, y a base de pequeñas incisiones, fue grabando en su rostro dos círculos concéntricos, idénticos a los que él mismo llevaba. Era el signo inequívoco de su condición, el que le definía como guerrero, como guardián y elegido para vivir los días de varios hombres juntos.
Volvió a preguntarle, sin restar atención a su delicada labor.
- ¿Cuál es el verdadero poder de la alquimia?
- La unión de los ocho elementos básicos, aquellos en los que cada materia de
este planeta puede descomponerse. La creación del polvo de estrellas que es
capaz de otorgar vida al metal divino.
Observó el resultado una vez terminado. Aquel niño que le cautivara por lo poderoso de su cosmos aún latente se había transformado en el hombre en el que depositaba todas sus esperanzas. Su andadura por el mundo había sido larga. Algo le decía que sus días como máximo dirigente llegarían pronto a su fin, por lo que decidió darle al Santuario un nuevo morador para el primero de los Templos tras más de doscientos años de paz bajo su mandato. El joven había ganado a pulso la armadura, y debía iniciar su propio camino, enfrentarse posiblemente a la más dura prueba que un caballero de Atenea debía pasar. Pero eso… Sólo el tiempo lo diría, y dicho tiempo apremiaba.
Fue en busca de la poción que había reposado durante el rito, y se la tendió, volviendo a su lado.
- Sí, en lo cierto estás, salvo que existe un pequeño matiz que aún no conoces... No sólo la piedra filosofal en forma de polvo de estrellas prolonga la vida de las armaduras... También la de aquellos que portan su secreto y velan por él…
Las pupilas de Mu se clavaron en las suyas, resistiéndose a creer lo que acababan de escuchar.
- Bebe ahora, y recuerda… En la magia de la alquimia reside la clave de la inmortalidad.
Ese era el privilegio y el martirio de los guerreros del carnero. Al ingerir
la piedra filosofal, el cuerpo cambiaba. A los terribles dolores que acercaban a
la muerte, seguía el renacer. El cuerpo permanecería inalterable, en el mismo
estado físico que tenía en el momento de la ingesta, por doscientos, tal vez
trescientos años, y la vida sólo terminaría de cobrársela alguien o
procurarse el suicidio.
Muchos matarían por pasar en el mundo varios siglos, pero era sin duda una dura
prueba de integridad ver transformarse el mundo conocido, observar el
envejecimiento paulatino de los seres queridos, asistir como observador a la
transformación natural del entorno, envejecer en espíritu y verse igual de
jovial. Nunca la demencia había afectado a un escogido, pues si el proceso de
elección era tan delicado y exhaustivo era para precisamente buscar al ser que
contase con la fortaleza mental y espiritual para resistirse a ello.
Sostuvo su cuerpo con comprensión y paciencia, mientras su alumno se retorcía
de dolor. Él también lo había padecido, mas pronto conocería una profunda
calma. Así fue, ayudándole a incorporarse cuando el rostro se hubo relajado y
se sucedía la natural comprobación de los efectos.
Ahora su piel tenía un extraño brillo nacarado. Seguía siendo humano, aunque
ahora su apariencia estuviese a medio camino entre el hombre y la belleza de una
criatura de fábula, atributos que se verían incrementados por el paso de las
décadas.
- Es hora de marchar hacia Grecia. Mi misión contigo ha acabado. Buena
suerte Mu, Caballero de Oro de Aries.
- A vuestra disposición… Patriarca.
Y mientras empacaba todos los instrumentos, cinceles y demás pertenencias
que levaría consigo a Europa, Aries se preguntó por unos segundos lo que le
depararía esa nueva etapa de su vida.
Nuevos cometidos, nuevas circunstancias… Nuevas personas. El fin de la
soledad.