:: Flor de loto ::  
Basado en Saint Seiya
By Shaka


- Capítulo 10 -

A Yani.
Gracias prima.

Con la rodilla y mirada clavadas en el suelo, Milo de Escorpio aguardaba no sin expectación e impaciencia a que el otro convocado se presentase ante el Patriarca. Hacía más de una década que nadie contemplaba el rostro del divino Shaka de Virgo, lo cuál había suscitado diversos rumores. Lo cierto es que lo que fuese de su compañero poco le importaba, acataría su cometido con la milimétrica y sanguinaria precisión de su aguijón escarlata, sin mostrar la más mínima duda.

El sonido conciso y decidido de unos pasos acercándose rompió el silencio sepulcral de la cámara. Al espartano le bastó con desviar ligeramente la cabeza hacia la derecha para contemplar el perfil del guardián de la sexta Casa. Tan impoluto como le recordaba, envuelto en su aura de magnificencia, distante, inalcanzable. Con los efectos del paso de los años regalando madurez a su soberbia belleza.

- Shaka, caballero de Virgo, se presenta ante vos Patriarca.

El ario había abandonado su templo y la custodia secreta del Jardín de Sales por primera vez desde la deserción del lemuriano. Desde lo alto de su posición, aquel hombre que encarnaba el poder en el Santuario se había encargado de propagar toda clase de comentarios y alegorías sobre los dos traidores que deshonraban con su ausencia a la Diosa. Pese a que muchos se preguntaban por qué el noble Shion renegaba de aquellos que tan importantes fueron en su reinado durante larga etapa, a la par que se empeñaba en ocultar su rostro, su palabra era una máxima a la que nadie estaba dispuesto contradecir.

- Os he convocado para haceros cargo de sendas misiones. - comenzó a decir con perfecta dicción, idéntica a la de aquel a quién suplía - Por doquier surgen oleadas de rebeldes que amenazan con romper la estabilidad de esta caballería, el orden se ha de imponer como algo sagrado.

Saga contemplaba con inquietud como su plan maestro requería manejar cada vez más hilos. No podía permitir que éstos acabaran tejiéndose en una espesa telaraña, la cuál a la larga podría suponer para su propio creador el peligro de quedar atrapada por la misma.

- Milo de Escorpio, tú acudirás a la Isla de Andrómeda. Quiero que elimines de una vez a Albiore. La actitud y enseñanzas que prodiga son un insulto para nuestra Diosa. Que no quede rastro alguno de tu presencia en la lejana Etiopía.
- Sí, mi señor.

Los ojos opacos y oscuros de la máscara fueron a parar hasta el portador de la Virgen: el más poderoso de todos ellos, aquel al que con más tacto debía tratar. Sabía que hasta la fecha había actuado bien: dejando en total libertad al hindú se había ganado su fiel obediencia.

- Shaka de Virgo, tu destino será la Isla de la Muerte. Me han llegado noticias acerca de la caída de Guilty, así como de la ascensión al poder de una redada de renegados. Castiga a ese ejército impuro y elimina a su líder, que nadie quede sin pagar por tal insolencia.

Asintió, y abandonó sin más la sala en completo mutismo, tal y como había entrado. Dejaría atrás Atenas durante un breve paréntesis de tiempo, el necesario para erradicar aquella maldad de la que le habían hecho cargo, y…

Para que su rencuentro con Kongorikishi se produjera.

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Bostezó, presa del aburrimiento.

Llevaba un buen rato sentado leyendo aquellos enormes libros de historia, física y matemáticas, con la mente volando más bien por mundos lejanos a las ecuaciones y parentescos entre dioses que su maestro había tratado de explicarle mil y una veces.

No es que no fuese inteligente, todo lo contrario. Pero las largas ausencias de Mu, las cuáles últimamente eran frecuentes, invitaban a escaparse de vez en cuando del estudio y dar rienda suelta a la imaginación en aquella torre ahora sólo ocupada por él.

Se asomó a un ventanal para comprobar que el exterior seguía como siempre: desolado, sin nadie más a varios kilómetros a la redonda. El sol brillaba con ímpetu, llenándole de energía y renovando sus fuerzas. Pese a no contar con ningún compañero de juegos, sabía bien como entretenerse. Tras abandonar su habitación, había comenzado a subir las escalinatas de caracol que llevaban a lo alto de la torre de Jamir cuando los dorados brillos de la armadura de Aries llamaron su atención.

La observó desde el marco de la puerta. Juntos la habían reparado y tratado en multitud de ocasiones. Al convertirse en el ayudante oficial del único alquimista existente, conocía pese a su corta edad todos los entresijos de las complicadas tareas de restauración, los usos de las herramientas celestes, incluso los síntomas mostrados por el metal para la correcta subsanación de daños.

Pero más que la armadura, eran los recipientes de vivos colores que aguardaban sobre las encimeras el regreso de Aries lo que le atraía como la luz a una polilla. Su maestro le había dicho explícitamente antes de partir hacía cuatro días que bajo ningún concepto entrase en aquella dependencia. Pero le había visto trabajar con tanto ahínco noche tras noche en aquel lugar…

- Con todo lo que he estudiado de química, seguro que puedo acabar estas pociones. ¡Así el señor Mu las encontrará terminadas cuando haya regresado!

Una deslumbrante sonrisa se dibujó en la cara del aprendiz mientras iba colocando las probetas y demás enseres sobre la mesa de trabajo.

La misma torre en la que se encontraba al fin era visible en el horizonte tras una dura travesía de vuelta.

El primero de los caballeros de Oro detuvo su andar para tomarse un descanso. Llevaba meses inmerso en la mejora del polvo de estrellas, y para ello necesitaba proveerse periódicamente de ciertos elementos minerales que sólo se encontraban en lugares poco accesibles, cercanos a la frontera con la India. No le gustaba dejar solo a su alumno, pero confiaba en que así éste ganaría en madurez, además de aclimatarse al solitario destino que aguardaba a todos los guerreros de la Casa con la que daba inicio el zodiaco.

Gracias a aquel niño, tan brillante como vivaz, los años habían sido más llevaderos, puesto que al estar dedicado por completo a su formación y la investigación, el tiempo transcurría con una velocidad rabiosa.

Le había hablado de muchos aspectos de la vida de caballero, pero no había creído conveniente hacerle conocedor de su verdadera situación: el que en realidad, lo que estaban haciendo, era esperar. En el momento menos pensado, la señal del armero llegaría, y su intuición le decía que ese día estaba cercano.

Dio por concluida la breve pausa, pero tras apenas haber dado unos pasos, una fuerte explosión que retumbó por todo el valle le hizo sobresaltarse como nunca había hecho. Observó con espanto la columna de espeso humo que brotaba de la magistral torre, hogar desde hacía milenios de los de su estirpe.

A toda velocidad alcanzó la morada, dirigiéndose de inmediato al lugar donde supuso que se encontraba su joven pupilo. No se equivocó. El espectáculo merecía cualquier calificativo menos el de alentador: escombros por todos lados, estanterías caídas, un fuerte olor a sustancias químicas mezcladas en errónea combinación… Por fortuna, no se había iniciado un incendio y la armadura del Carnero había resultado ilesa.

- ¡Kiki! ¿Puedes oírme? - exclamó, alarmado, mientras rebuscaba entre el desastre formado.

Le oyó toser no demasiado lejos, a lo que respondió apartando la pila de libros y piedras sueltas que le sepultaban. Le ayudó a salir, para analizar aún con el susto en el cuerpo su estado. Su discípulo había tenido suerte, salvo algunas contusiones y los pulmones irritados por la inhalación de los vapores tóxicos, no había sufrido daño alguno.

La preocupación inicial dio paso al enfado, tras comprobar como todo el trabajo que había realizado a lo largo de aquel año había quedado reducido a la nada por una desobediencia.

- ¡Creo recordar haberte dicho con claridad que no entrases en esta habitación bajo ningún concepto!

Era una persona serena y paciente, pero aquello había sido la gota que colmaba el vaso. Le reprendió sin miramientos con tono de voz y gesto duro.

- Estoy cansado de tus travesuras. Ya tienes ocho años, ¿cómo voy a tenerte como alumno si ni siquiera puedo confiar en ti? Ve a tu habitación y sigue con las lecciones, estoy seguro de que no has terminado de estudiarlas.

El niño bajó la mirada, visiblemente avergonzado, y obedeció sin más. Tras quedar a solas en medio de aquel desastre, empezó a recogerlo todo aún bajo los efectos del monumental disgusto que le invadía. Pero a medida que avanzaban los minutos, la calma que le definía regresó para hacerle sopesar la situación.

<<Ya el mal está hecho, no servirá de nada lamentarse o sucumbir a la furia… Además, no estaba obteniendo los resultados esperados, ahora tengo la oportunidad de iniciar desde cero todos los procesos en el orden correcto.>>

Tras haberse dicho esas palabras a si mismo, se despojó de la gruesa capa que le había protegido del frío en la travesía, y tras dejar los elementos recolectados en sus aposentos, se dirigió a la habitación contigua, aquella donde su joven protegido se esforzaba por centrarse en un mar de palabras que de seguro ahora poco sentido tendrían para él.
Se sentó a su lado en la cama, observando como gruesas lágrimas regaban el dulce rostro del chico, estrellándose a continuación contra la delicada superficie de papel y tinta.
Suspiró, tratando de ponerse su piel, sabedor de que para él no sólo era su maestro, sino la única persona a la que tenía en el mundo.

- Kiki… Sé que estás pasando por un momento difícil. La preparación no es sencilla, pero algún día tú serás mi sucesor y vestirás la armadura de Aries, con todas las responsabilidades que ello implica. Has de estar capacitado para afrontar duras pruebas, y el saber estar es una de ellas.

Le miró a los ojos.

- Lo que has hecho hoy no ha estado bien. Confié en ti y me marché, esperando encontrarlo todo tal y como lo dejé. Pero no ha sido así, y ahora tendrás que aceptar las consecuencias.

Esbozó una suave sonrisa, secándole las lágrimas con la mano.

- No saques conclusiones erróneas. El que sea estricto contigo… No quiere decir que no te quiera.

Los grandes e inocentes ojos del niño volvieron a llenarse de miles de destellos, semejantes a los del hielo reflectando haces de luz.

- Yo sólo quería ayudar, señor Mu…
- Lo sé. Eres audaz y descaradamente avispado, pero no hay espacio en tu interior para la maldad. Que no se vuelva a repetir.

Kiki asintió, terminando de secarse el rostro con ímpetu. Mientras le contemplaba, en su interior algo le dijo que aquel momento era el adecuado para adentrar a su pupilo un paso más en su carrera como siguiente eslabón en la cadena de la primera Casa. Quería que el mundo entero supiera que aquel niño pronto sería un prodigioso joven, lleno de valor, talento e incalculable poder.

Quería que el mismísimo Kiki se sintiera, más que nunca, como lo que era. El siguiente alquimista, la esperanza de todo un linaje, el de los lemurianos, los supervivientes de Atlántida que seguían perpetuando su historia en el mundo vinculados a Atenea. Y aún sabiendo de antemano que estaba rompiendo en parte la tradición, se levantó, y comenzó a avanzar con paso seguro hacia la planta baja de la torre.

- Ven.

El aprendiz siguió a su maestro, y obedeció sin más debido en parte al no querer darle más sobresaltos por una buena temporada, pero sustancialmente por la fascinación que éste le producía. Nunca se lo había dicho abiertamente, pero odiaba las ausencias del tibetano.

- ¿Sabrías explicarme su significado? - le preguntó Mu tras haberle hecho sentar en el suelo y traído consigo varios útiles, a la par que señalaba la parte superior de su rostro, adornado con las dos variantes de bindi.
- Pues… Indican que el que las lleva… Es un guerrero de Aries. - afirmó, no sin cierta duda.

El grabado en la piel era parte del ritual de iniciación. Debido a que el entrenamiento no había llegado a su fin y en especial a su corta edad, la ingesta de la Piedra filosofal no sería posible, o le condenaría a una larga vida dentro de un cuerpo que ni siquiera había alcanzado la adolescencia pese a su sano desarrollo. Pero ello no resultaba impedimento para lo que a continuación sucedería.

- Y como futuro defensor de nuestra Casa, como mi heredero… Tú también las portarás con orgullo.

Conmovido, fascinado, y en silencio, de los jóvenes labios no brotó ni una sola queja ante el dolor cuando su mentor eliminó ambas cejas con precisión y grabó las consabidas señales en su piel, las cuáles eran de un tamaño algo superior al habitual para que estuvieran en consonancia con su rostro cuando alcanzara la edad adulta.

Mu tomó entre sus manos el recipiente que contenía las últimas reservas de Polvo de estrellas, y una vez éste diluido, mojó su pulgar, pasando el celestial líquido por ambas marcas y los arcos superiores de los ojos, asegurando que así permanecerían inalterables por los siglos de los siglos.

- Cuando hayas cumplido 18 años, el ritual será completado. Hasta ese entonces, entrégate a tu formación, y algún día serás tú quien transmitirá el legado durante una generación más.

Había criado a aquel niño, por lo que no sólo le había visto crecer como aprendiz en sus habilidades y destrezas, también en todo lo concerniente a lo personal. Gran parte de la comunicación que entre ellos se establecía era visual, un intercambio de sensaciones e imágenes transmitidas a la mente y corazón gracias al poder de sus cosmos. Por ello, y por conocerle como a la palma de su mano, sonrió, sabedor de lo que estaba tramando.

- Vamos, ve a mirarte al espejo…

La sonrisa obtenida como respuesta pareció iluminar con luz propia de las estrellas aquella modesta sala. Le dejó partir corriendo en búsqueda del requerido objeto, para quedarse a solas unos instantes.

Mientras recogía los utensilios, se preguntó si Shion había tenido tantas dudas, tantos pesares y a la vez tantas satisfacciones al ejercer de maestro, o simplemente si el disfrutar de la evolución del pupilo había supuesto el único apoyo personal para afrontar tiempos oscuros, como era su caso. En silencio, como tantas veces, se permitió el lujo de echarle de menos. Pero solo unos segundos, los suficientes para volver a ser mentor del que el Patriarca, dondequiera que estuviese, pudiera sentirse orgulloso.

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En aquel remoto lugar perdido en medio de la nada, los que sufrían la condena de quedar atrapados en sus redes iban olvidando paulatinamente todo lo referente al mundo exterior.

Para los desdichados que acababan en la Isla de la Muerte, cielo y el mar no eran azules, la brisa no era fresca, ni siquiera las estrellas brillaban durante las noches. Todo estaba inundado de un calor sofocante, el olor ocre proveniente de los volcanes todo lo inundaba, y los parajes eran tan áridos y desolados como las esperanzas de sus habitantes.

En un saliente que daba a parar a un peligroso acantilado, un joven de profunda mirada rezaba a pies de la modesta cruz que con sus propias manos había construido. El último remanso de paz que le quedaba había desaparecido a manos de su maestro, dándole a cambio aquello gracias a lo cuál se había apoderado de la más poderosa de las armaduras existentes.

<<Odia, Ikki.>>

<<Odia a tus padres por dejarte huérfano.>>

<<Odia a tu hermano por haberte ofrecido en su lugar a venir aquí.>>

<<Odia a los restantes caballeros de Bronce, porque llevan tu misma sangre.>>

- Mientras siga viviendo, Esmeralda, no te olvidaré. Ojalá pudiera haberte sacado de este Infierno.

Tantas lágrimas habían sido vertidas en aquel enclave que el ave Fénix se veía incapaz de volver a llorar. No había cabida ya en su pecho para algo más que no fuese el deseo de eliminar todo aquello cuanto le recordase a la aberración en que se había convertido.

Ello llevaba a la supresión de sus hermanastros… Y a la suya propia. Pero antes, debía trazar con frialdad los pasos a seguir. Con medida indiferencia, bajo la máscara que se había forjado en el momento mismo en que sucumbió al más visceral de los odios y acabó con quien fuese, a la par, su mentor y asesino.

Con aquella sangrienta victoria, el noble Ikki había muerto, dando paso al vigoroso espejismo que quemaba todo a su paso con el ardor de su fuego interno.

Harto ya de las amenazas de todos aquéllos que tras fracasar en su andadura como aspirantes a caballero habían optado por enrolarse en filas tan oscuras como su futuro, el jefe de todos ellos, Jango, había sido el último en padecer los efectos de su ataque más devastador.

Ataviado con la inmortal armadura, aquella que renacía de sus cenizas con mayor esplendor si cabía, se dijo que nada ni nadie podría hacerle frente en la consecución de sus propósitos.

Nadie… O eso creía. Un cosmos sobrecogedor surgió repentinamente, haciéndole buscar el epicentro del que manaba con inocultable asombro.

- ¿De dónde proviene semejante energía? ¿Quién posee un cosmos tan colosal?

El dueño del mismo finalmente hizo aparición. Llevaba largo rato analizándole desde las sombras, observando el ímpetu del guerrero milenario que dormía en el cuerpo de aquel joven.

Tal y como dispuse aquella ocasión, nada recuerdas de nuestro encuentro.

- El Rey Mono también se creyó invencible, mas sólo bailaba sin descanso sobre la palma de Buda, dándose cuenta demasiado tarde, para su infortunio.
- ¿Cómo osas compararme con un mono? - bramó, furioso.
- Mi nombre es Shaka, y me he visto en la obligación de abandonar mi Santuario para erradicar la maldad que puebla esta isla, aunque… Veo que he llegado demasiado tarde, ya que te me has adelantado encargándote del líder de los caballeros negros.

El japonés observó con asombro al recién llegado. Su divina presencia y la serenidad que manaba del espigado caballero le aturdieron, pero se esforzó por no dejarse impresionar, bajo ningún precio.

- ¡Y también me encargaré de ti, para que no vuelvas a insultarme ante mis narices!

Explotó su cosmoenergía, lanzándole un fenomenal ataque ofensivo, el cuál pareció no causar efecto alguno en el misterioso guerrero portador de armadura dorada. Atónito, observó como las plumas del Fénix se disolvían sin esfuerzo alguno por parte de su adversario.

¿Cómo es posible?

- Recuerda que por mucho poder que poseas, siempre habrá alguien por encima de ti, caballero.

Los cánticos en sánscrito inundaron los oídos de Ikki, el cuál no pudo hacer nada ante la luz cegadora que le envolvió, sintiendo como la totalidad de su cuerpo sucumbía ante el más intenso de los dolores jamás padecido. Levantó con dificultad el rostro del suelo, lo suficiente para poder contemplar nuevamente el del otro, inmaculado con sus párpados cerrados…

- Ya que has acabado con el líder, ¿también lo harás conmigo? - preguntó, con voz leve por los efectos del impacto, pero sin menor asomo de temor en ella.

El caballero de la Virgen le dio la espalda, dispuesto a marchase. Confiaba en sus visiones, en la fina percepción de la que había hecho gala a lo largo de toda su existencia. Sabía que el papel de aquel joven guerrero no había acabado, ni mucho menos, y que ambos como servidores de Buda caminarían en paralelo a lo largo de un trecho de sus respectivos caminos.

- No puedo arrebatar la vida a alguien cuyos ojos no muestran maldad… La pureza de tu ser duerme en lo profundo de tu corazón.

Concentró parte de su poder mental, empleándolo en bloquear la memoria del valeroso guerrero.

- Nada recordarás de este día, al menos hasta la próxima vez que nos veamos…

Fue así como Shaka se alejó por segunda vez de Ikki, el cuál despertó de un molesto trance segundos después. Se encontró solo entre la negritud de las rocas y los destellos rojizos que, sumados a los del anochecer, transformaban el cielo en una bola incendiaria. Aunque no había nadie a su alrededor, se sintió abandonado por una dulce energía que momentos antes le había abrazado.

Quizás en sueños, quizás en pesadillas. Pero por mucho que tratase de olvidarla haciéndole caso omiso… La misma quedó ahí, latente en su interior, recordándole que pese a todo el sufrimiento y los reveses que la vida le había dado…

En el fondo seguía siendo el de siempre.

:: Capítulo 11 ::

- Pero Roshi, Seiya salvó mi vida. No puedo permanecer de brazos cruzados, he prometido llevarle de vuelta su armadura en plenas facultades.

Sentado como cada día desde hacía más de doscientos años, Dohko de Libra sostenía la noble y sincera mirada de su más reciente obra.

El joven caballero del Dragón no sólo era el último de los tantos guerreros a los que hasta la fecha había formado, iba más allá: pese a estar todavía dando sus primeros pasos como tal y tener innumerables lecciones que aprender, podía afirmar que Shiryu era el mejor alumno que jamás había quedado bajo su tutela.

- ¿Por qué muestras tanto interés en aquel que claramente te derrotó?
- Él es mi amigo, estoy dispuesto a correr cualquier riesgo con tal de cumplir mi promesa.

El armero sonrió para sus adentros. Aunque había estado esperando aquel momento, no se lo diría directamente a su fiel discípulo. Para éste sería una prueba más a superar, un nuevo paso a dar en su formación.

- De antemano ya sabes que sólo una persona en todo el mundo está capacitada para la restauración de armaduras.

Shiryu asintió. Su maestro le había regalado innumerables horas de conversación en la que con lujo de detalles le había relatado todo tipo de historias referentes a los protectores de Atenea, así como viejas leyendas de las que pudiera extraer experiencias y conocimientos factibles en la batalla.

- Os debéis referir a Mu, el misterioso alquimista de Jamir.
- Así es… Jamir es una región prohibida del Tibet. Tan inaccesibles son sus montañas y tan irrespirable su aire por la carencia de oxígeno que hasta los propios habitantes del Himalaya temen adentrarse en sus parajes.

El Dragón escuchó con total atención cada indicación del sabio anciano, sintiendo como un escalofrío recorría su cuerpo al pronunciar éste sus últimas palabras.

- Pero has de saber que ninguno de los incautos que acudió a verle ha regresado con vida. El camino del caballero es duro y lleno de peligros. Si tu corazón seguro está de partir, no te retendré, mas no olvides mi consejo: pase lo que pase, avanza al frente, no dejes que nada te aparte de la senda.
- Gracias por vuestra confianza, Roshi. Volveré tras haber consumado la victoria contra los caballeros negros.

Desde su eterna posición y al amparo de la espectacular y milenaria cascada de Rozan, el guerrero de Libra observó a su querido discípulo partir nuevamente hacia lo desconocido. Con él iban las esperanzas de una nueva era: si Shiryu lograba llegar a Mu, no sólo la valía del joven quedaría más que demostrada para la inminente guerra que contra el Santuario pronto se iniciaría, sino que la señal prometida trece años atrás sería al fin recibida por el heredero de Shion.

Siguió con sus brillantes ojos al japonés, el cuál se disponía a bajar por el sendero que conducía hacia las afueras de Rozan… Y cómo dicho andar se vio interrumpido por una figura que oculta entre los frondosos bosques de bambú contemplaba llena de pena lo inminente.

- Shiryu… ¿Entonces vas a volver a irte?

El caballero de Bronce se giró, y dejó ambas cajas de Pandora sobre el suelo, esforzándose por sonreír. Había querido no tener que despedirse y ahorrarle el mal trago, pero dadas las circunstancias, sus buenas intenciones no serían posibles de llevar a cabo.

- No te preocupes por mí, Shunrei. He de llevar la armadura reparada a Seiya. En cuanto hayamos acabado con la revuelta volveré a casa.

Odiaba ver aquella expresión amarga teñir su hermoso rostro. Se acercó a ella, mirándola a los ojos, hablando entre susurros que sólo entre los dos quedaran.

- Te lo juro. Nunca te he mentido, y nunca lo haré.

Habían crecido juntos, y en el cegador brillo de su sonrisa había encontrado ese apoyo que tanta falta hacía durante los momentos más duros de su entrenamiento. Si había conseguido hacer realidad su sueño de vestir la armadura, se lo debía sin duda a su mentor, pero también, y en gran medida, a ella.

Y al igual que la preparación había concluido, nuevos tiempos se avecinaban: nuevos retos para el Dragón, nuevas esperanzas, nuevos sacrificios y peligros que afrontar. Pero también una nueva dimensión que hasta el momento nunca había sopesado.

Ya no eran los niños que bajo la atenta mirada del ancestro guerrero se habían conocido tantos años atrás; ahora se encontraban más cercanos a la edad adulta que a la adolescencia. Dos jóvenes cuyas vidas habían ido paralelas en circunstancias extraordinarias, en un paraje privilegiado que ahora les vía compartir la incertidumbre y dudas competentes al primer amor.

- Ten cuidado. Rezaré por ti y tus compañeros.

Asintió con un leve movimiento de la cabeza. Debía partir cuanto antes, el pensar en que debía recorrer largas distancias en el menor tiempo posible le inquietaba, mas no era dicha ansiedad el motivo por el que su corazón latía con una intensidad que resultaba desconcertante y molesta.

El temor a no ser correspondida que la flor de luna(*) llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo se esfumó como la neblina de la cascada en el aire cuando sus labios quedaron sellados en un tímido y dulce beso, el primero que ambos daban. Ella también cumpliría su promesa, y aguardaría junto Roshi a que el hombre al que amaba regresara de su cruel destino.

El mismo Dohko sintió una punzada contradictoria en el corazón al sentir con la pureza de su cosmos la singular despedida producida entre su querida ahijada y su heredero. Resudaba felicidad por ambos, pero a la par temía que para ellos no hubiese esperanza, y que el no tan lejano futuro sólo les deparase dolor y desgracia.

Pero ese era el sino del guerrero, él lo sabía. Y Shiryu y Shunrei con sus propias vivencias… También lo comprobarían.

(*) Shunrei significa en chino "flor de luna".

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Nunca fue tan breve una despedida,
nunca me creí que fuera definitiva.
Nunca quise tanto a nadie en mi vida,
nunca a un ser extraño le llamé mi familia.
Nunca tuve fe en mi filosofía, nunca tuve yo ni gurú ni guía.
Nunca desprecié una causa perdida,
nunca negaré que son mis favoritas.
Nunca una llama permanece encendida,
nunca aguanté su calor, nunca más, nunca más de un día.
Nunca soporté ser un alma invadida
hasta que vi frente a mí por quien yo moriría.
Ésta es mi Flor de Loto, y yo era su sombra,
ésta es mi Flor de Loto, mi mundo no se aclarará,
tanto vagar para no conservar nunca nada…

Héroes del silencio.

La mañana trascurría apacible, como en un día cualquiera en las altas cotas del Himalaya. Y sin embargo, mientras realizaba sus quehaceres cotidianos era incapaz de no pensar en el sueño que había tenido aquella noche, el cuál seguía tan nítido como si acabado de despertar hubiese.

Vio a un majestuoso Dragón surcando el firmamento para detener su vuelo y posarse sobre la Torre de Jamir. Los profundos ojos de la criatura le hablaron al igual que su mente con cálidas palabras. Una frase se repetía, para perderse en reverberaciones que acababan por hacerla inaudible.

Te traigo la esperanza de una nueva era.

Para alguien con tan desarrolladas facultades psíquicas como el caballero de Aries, un mensaje del subconsciente no podía quedar en segundo plano. Así que pese a tratar de no dotar de mayor importancia de la necesaria a su visión, optó por el camino de la cautela, aquel que había recorrido a lo largo de toda su vida. Estaba seguro de haber captado reminiscencias de una energía cósmica en los límites de su territorio, la cuál se intensificaba a medida que las jornadas transcurrían.

Sin inmutarse siquiera, entabló comunicación con su alumno, el cuál debía encontrarse en la planta inferior inmerso en sus lecciones.

<<Kiki, alguien se acerca. Ya sabes qué has de hacer.>>

Por su parte, mientras tomaba entre las manos viejos manuscritos que planeaba estudiar con detenimiento, proyectó sobre la entrada a Jamir una ilusión, la misma que había servido de escudo a los habitantes de aquel lugar desde incontables generaciones. Sobre el estrecho puente alzado sobre un mortal precipicio quedó configurada una auténtica pesadilla visual y sensorial que todo aquel incauto que tratara de atravesarlo sufriría.

Muchos habían perecido aterrorizados por el "cementerio de armaduras", la gran mayoría de los mismos pertenecientes a los bajos estratos del Santuario, enviados para poner fin a la resistencia ejercida contra el supuesto Patriarca en la lejanía.

Una multitud de cadáveres y armaduras reducidas a polvo se agolpaban a ambos lados de la siniestra vía, pero Shiryu, sintiendo que al fin distaba poco de alcanzar su objetivo, no se dejó mermar por las amenazas que los espíritus proferían.

<<Avanzar… al frente… Que nada me aparte de la senda…>>

Con seguridad y valiéndose de las indicaciones de su maestro, siguió hacia delante, hasta que al fin se percató de la realidad: no había hecho más que salvar la colosal caída que separaba la ya cercana Torre de tierra firme.

- Si me hubiese desviado del camino, hubiera corrido la misma suerte que esos desgraciados. - sentenció el joven guerrero, observando los cuerpos inertes centenares de metros bajo sus pies.

Una vez en terreno seguro, contempló en todo su esplendor la magnífica construcción, pero no tenía tiempo ahora que invertir en admirar su sobria y singular arquitectura: debía parlamentar con el alquimista y partir hacia la batalla en cuanto fuese posible.

Dejó ambas cajas de Pandora en la tierra, extrañado al no sentir presencia alguna en el desolado lugar. Tan cansado por el viaje estaba que su paciencia y nervios de acero comenzaban a agotarse. Sin embargo, nada pudo evitar el sobresalto que se llevó al ver flotar a su alrededor grandes montones de roca como por arte de magia.

- ¿Quién anda ahí? - gritó, a la paz que lanzaba un certero golpe, convirtiendo en grava las levitantes piedras.
Un quejido infantil sonó a sus espaldas, y sorprendido se topó al girase velozmente con un niño, el cuál mostraba evidentes signos de no haber aterrizado de buenas maneras sobre la ruda superficie.

- ¡Ten cuidado! ¡Has estado a punto de darme de lleno!
- ¿Eres Mu, el alquimista de Jamir?

Sin más, el japonés se posicionó tras ambas cajas, en actitud de súplica.

- Por favor, necesito que repares estas armaduras, no hay tiempo que perder.

Kiki se rascó la cabeza, encogiendo los hombros.

- Yo no soy Mu. No sé donde está, hace días que no aparece por aquí. - mintió.
- ¿Cómo que no sabes dónde está? - replicó enervado el recién llegado.

Tras sacarle con descaro la lengua, el pequeño lemuriano se teletransportó de un lado a otro, obligando a su acompañante a seguirle desesperado con la mirada. Y así hubiese seguido largo rato, dadas las pocas ocasiones en las que podía divertirse abiertamente con semejante e improvisado compañero de juegos, de no ser por la melodiosa pero tajante voz que se anunció ante ambos.

- ¿Qué es todo este alboroto? ¿Vuelves a excederte en tus travesuras, Kiki?

Shiryu contempló maravillado al hombre que acababa de entrar en escena. Ni sus bondadosos y profundos ojos, ni el peculiar aspecto de su blanquecino rostro desprovisto de cejas le impactaron tanto como la calidez de su cosmos, el cuál parecía llenar todo a su alrededor de calma y serenidad sin dejar de deslumbrar por lo poderoso de su condición.

Ya no le cabía duda alguna, había dado con la persona indicada.

- Si es a Mu de Jamir a quien buscas, ante él estás. He de suponer que si a mí acudes es por motivo evidente, pero dime, ¿quién te envía?

La verde mirada del joven guerrero se clavó en la suya, y su voz resonó cortés y sincera, mientras el aprendiz de Aries observaba todo cuanto acontecía sin perder detalle.

- Soy Shiryu, caballero del Dragón, y vengo en nombre de Roshi, el viejo maestro. Él me dijo que tú podrías ayudarnos…

Presionando sobre las cajas de Pandora, las maltrechas figuras de bronce quedaron expuestas.

- Necesito que repares tanto la de mi compañero como la mía. Te lo ruego, estamos a punto de librar una batalla y no podemos afrontarla con el cuerpo desnudo.

El corazón de Mu se estremeció, y todo su cosmos reaccionó al mensaje. Aquel muchacho no sólo había sido el primero en siglos en salir airoso de la ilusión del cementerio… Era la encarnación del Dragón que en estado onírico había visto, pero sobre todo, la señal de Dohko, aquella que había estado esperando durante largos trece años.

Mas no dejó que su expresión revelase lo que con tanta emoción su mente proclamaba. Se acercó a él, para volver a hablar en tono carente de cualquier signo de esperanza.

- Lamento decirte que tu travesía ha sido inútil. Ya nada puedo hacer por estas armaduras: están muertas.
- ¿Mu-muertas?

Asintió.

- El metal divino es poseedor de vida, como tú y yo. Una vez perdida ésta, nada se puede hacer… Excepto una cosa.

El discípulo del armero le dirigió la mirada más intensa que hubiese sostenido desde que abandonase Atenas en su apresurado exilio.

- Estoy dispuesto a lo que sea, prometí a mi amigo llevarle a Pegaso en perfecto estado, y pienso cumplir mi palabra.
- Si tan decidido estás, habrás de entregar tu vida a cambio. Necesito prácticamente la totalidad de tu sangre para resucitarlas.

Kiki palideció, mirando a su maestro con el rostro teñido de espanto.

- ¡Pero señor Mu!

No fue necesaria una réplica. El Dragón, con parsimonia, se despojó de las vestimentas que cubrían su torso.
- A Seiya debo mi vida. Sin las armaduras, estamos destinados a la derrota, pero si con mi sangre al menos Pegaso puede ser salvada, nos quedará una posibilidad de ganar. No le fallaré.

Y ante el respetuoso silencio de Aries y el horror de su alumno, el japonés se abrió las venas con velocísimo gesto, regando con de rojo el bronce desquebrajado.

Mu, sobrecogido por tal generosidad y valor, aguardó con todos sus sentidos puestos al momento preciso en que el mínimo de sangre necesaria para la restauración hubiese sido vertida. Sostuvo al desfallecido joven entre los brazos cuando éste hubo perdido el conocimiento. Con sendas aplicaciones de su curativo cosmos, cerró las heridas de sus muñecas, depositándole en el suelo.

- Kiki, tráeme las herramientas celestes, polvo de estrellas y también algo de orichalnum y gammanium.
- ¿Va a hacerlo? ¡Hace años que no repara una armadura!

Le instó a obedecer sin más mientras observaba los daños sufridos por el metal. Si de lleno se entregaba a la labor, como así sería, quizás pudiera devolverlas a la vida.

El pequeño Aries miraba preocupado al Dragón, pálido e inmóvil. Haciendo uso de sus poderes telequinésicos, hizo un monumental esfuerzo y llevó al joven hasta el interior de la torre, donde le depositó en su propia cama. La hospitalidad era uno de los valores intrínsecos de los representantes de la primera Casa, y como tal ejerció mientras oía en el exterior los agudos sonidos de las herramientas replicando contra el metal.

A pesar de su corta edad, el futuro alquimista supo que aquel día iba supondría un cambio total en su vida y en la de su maestro. No ya por la inesperada visita o lo sorprendente de la situación… Aquella era la primera vez que veía ese brillo en los ojos de Mu.

Aguardó durante casi dos horas sentado junto al convaleciente caballero, hasta que al fin el único ser capaz de dar respuesta a las incesantes preguntas que se agolpaban en su cabeza entró en la habitación.

- ¿Ha podido repararlas, señor Mu?
- Sí… No ha sido fácil, pero el sacrificio de Shiryu no ha sido en vano. Su sentido de la amistad es digno de admirar.

Se sentó junto a su alumno, quedando ambos a un lado del Dragón, observándole.

- ¿Se pondrá bien? - preguntó el niño con tristeza.
- Ha perdido mucha sangre. Ahora mismo debe encontrarse a puertas del Hades. Que regrese con nosotros o penetre en ellas depende de él. Será mejor que le dejemos descansar, tenemos que pensar en una estrategia.

Kiki, tras arropar al invitado con sumo cuidado, frunció el ceño tratando de encontrar sentido a lo que acababa de oír.

- ¿Estrategia?
- Exacto… Habrá que hacer llegar al caballero de Pegaso su armadura.

Por primera vez en mucho tiempo, Mu volvió a sentirse como lo que era. El pilar de la rebelión, el estandarte que guiaría a los defensores de la verdadera Diosa hasta la victoria sobre el traidor que había manchado el Santuario con la sangre de Shion de Aries.

- Tenemos que cumplir la promesa hecha por nuestro compañero.

Volvió a sentirse… Como un caballero de Atenea.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

Ya habían pasado tres semanas desde que regresara a las apacibles tierras de Rozan, y pese a que arar las mismas le reportaba una paz antes inusitada, las mismas imágenes le sacudían en pesadillas periódicamente.

Pese a todos sus recuerdos y vivencias, lo único que Shiryu era capaz de ver ahora era el rostro de Argol de Perseo y sus propios dedos hiriendo irreversiblemente a sus ojos, como pago necesario para vencer al mítico escudo de la Medusa.

Había acabado con tal fatal criatura, pero al contrario que Perseo no había salido airoso a lomos de Pegaso, sino que se había visto obligado a abandonar a éste y sus restantes compañeros debido a la inminente ceguera.

A nadie había confiado sus temores y pesares, su situación le llenaba de angustia y frustración, pero debía encontrar el modo de dar con la cura, si no física, psíquica y moral. Sus hermanastros y la Diosa le esperaban, aguardaban el regreso del noble caballero que era, ahora más bien un espejismo que desaparecía ante sus manos al tratar de darle alcance.
Una energía desorbitarte proveniente de la cascada le llevó hasta la misma, y lo que allí encontró supuso una situación insostenible que no podía tolerar.

- Vaya, vaya… Al fin nos encontramos… - siseó el extraño recién aparecido entre las milenarias aguas. - Así que la leyenda es cierta, el caballero de Libra continúa con vida.
- No puedo decir que tu presencia me reconforte… Death Mask de Cáncer.

Pese a ser el primer encuentro de ambos, Dohko reconocía en el siciliano el hálito de muerte característico de la cuarta Casa del Zodíaco. Según las tradiciones chinas, la nebulosa del cangrejo alzada en el firmamento era la puerta hacia el Inframundo, conformando sus atrayentes colores los fuegos fatuos creados por cientos de cuerpos apilados ya en estado de descomposición.

Era lo más cruel del Zodíaco, lo más perverso, lo más fatídico. Y el carroñero de la Orden había sido enviado para acabar con el enemigo acérrimo del Santuario.

- Me gustaría tomarme mi tiempo en acabar contigo, viejo, pero ansío una nueva máscara para mi colección. ¡Qué tu viaje al Hades sea grato!

Con una sádica sonrisa el italiano se dispuso a asestar su mortífero golpe, mas alguien se lo impidió.

- ¡No te atrevas a ponerle un solo dedo encima a Roshi!

Allí, desafiante, el joven de rostro vendado y gesto amenazador cubría con el cuerpo a su mentor. La situación alimentó su ya de por sí la siniestra risa.

- ¿Tú, un mero caballerete de Bronce osa hacerme frente? Lamentarás haber abierto la boca, niño…

Varios fueron los ataques dados y repelidos, pero ante los aterrorizados ojos de Shunrei la diferencia de fuerzas fue evidente, acabando el noble Shiryu en las profundas y cristalinas aguas tras una vertiginosa caída.

- ¿Por dónde íbamos…? Oh, sí… Te haré pagar por tu insolencia, Dohko de Libra. En nombre del Patriarca acabaré con tu insistencia, estos treces años de traición serán cobrados sin miramientos.
- Aún sabiendo que sirves a un impostor, ¿dices ejercer justicia con tus actos? Mucha sangre ha sido vertida en nombre de aquél al que dices jurar lealtad.

La paciencia de Death Mask no era un bien de generoso, pero la conversación le parecía de lo más entretenida. Por prolongar un poco más la agonía de su víctima, nada ocurriría…

- La sangre ha corrido en incontables ocasiones a lo largo de la historia… ¿Dónde estarían las victorias sin las derrotas? ¿Dónde la gloria sin la barbarie de los ejércitos? La violencia es necesaria, el fin justifica los medios. Ya he dicho suficiente, desaparece de una vez, vejestorio.

Pero un bravo alarido volvió a interrumpirle. A lomos de un colosal remolino y ataviado con la brillante armadura del Dragón, el discípulo del armero recuperó la fuerza y confianza perdida con la visión, encauzando su poder en defender aquello que más que a su vida quería.

- ¡Las atrocidades que proclamas no son dignas de un caballero de Atenea, Máscara de Muerte!

Explotando su cosmos, Shiryu se lanzó sin contemplación hacia su adversario. Pese a alcanzar un nivel en su técnica nunca antes visto, éste no bastaba para detener los propósitos del cuarto guerrero de Oro.

- No eres rival para mí, chico… Es una lástima, ahora que tanto me estaba divirtiendo…

En su cabeza ya libre volaba la fantasía de reunir a maestro, alumno y jovencita en el más allá, pero con las ganas se quedó. Ni en sus peores sueños hubiese imaginado que precisamente sería esa persona la que se lo impediría.

- Enfrentándote a un caballero de Bronce a tu edad, Death Mask… Deberías sentir vergüenza por ello.

Asombrado, el italiano no dio crédito durante unos instantes a lo que sus ojos veían.

- ¿Mu de Aries? ¿Qué estás haciendo tú en Rozan?

Vistiendo la dorada armadura del carnero, el tibetano le encaró sin perder un ápice de su característica compostura.

- Si pretendes asesinar a mi aliado, habrás de enfrentarte a mí por partida doble, pues no sólo atentas contra su vida, sino contra la de Shiryu del Dragón, el cuál es mi compañero. Vuelve sobre tus pasos, o no tendré piedad alguna.

Gruñendo de puro odio, no le quedó más remedio que postergar la ejecución para otro encuentro.

- No estoy tan loco para enfrentarme a otro caballero de Oro. Por esta vez lo dejaré pasar, pero pagarás por ello, Mu… - se giró para grabar con fuego en su cerebro el rostro del más recientemente nombrado guerrero de todos los presentes - No te olvidaré, chico… La próxima vez que nos encontremos, no vivirás para contarlo.

Y tal y como había hecho aparición, la Máscara de la Muerte desapareció sin dejar rastro. El anciano y sabio Dohko se incorporó con dificultad sobre su bastón, sin ocultar la enorme alegría que le invadía.

- Mu, amigo mío… No sé como agradecer que hayas salvado la vida al joven Shiryu. Tu presencia me reconforta.

Así era. Una eternidad había trascurrido desde que le viese partir en medio de la incertidumbre tras haber sellado ambos la alianza, pactando unir su lucha a favor de la restauración de la paz y la proclamación de la reencarnación de Atenea cuando el momento propicio llegase.

- Con ímpetu he esperado este día, Dohko. Gracias por vuestra señal, las deudas entre iguales no han de ser consideradas como tales, por un compañero estaría dispuesto a lo que fuese necesario.

Ambos sonrieron mientras Kiki, cargando con varios y pesados embalajes, corría inmerso en una alegría si cabía mayor a la de su mentor por reencontrarse con el Dragón, puesto que entre ellos se había forjado un estrecho y emotivo vínculo de amistad.

La noche cayó sobre los Picos de los Cinco Ancianos, y mientras los más jóvenes compartían techo y fuego en la modesta cabaña, ambos caballeros de Oro conversaban a la luz de las estrellas, conmovidos por la llegada de los anhelados tiempos, y a la vez emocionados por avivar el fuego prendido por el difundo y auténtico Patriarca. Hablaron de todos aquellos años, sus respectivos alumnos y, al fin, la razón de peso por la que reunidos se encontraban.

- Atenea al fin está en situación de reclamar lo que le corresponde. Se ha transformado en una mujer poderosa y según lo que he podido captar se dirige al Santuario.

Dohko asintió. Debían poner en marcha un plan cuanto antes.

- No puedo abandonar el sello, Mu. Mantendré mi puesto de vigilia y combatiré desde mi posición como siempre he hecho, espero que lo comprendas.
- Por supuesto, Roshi. Vuestro discípulo y sus compañeros… Me han dado esperanza. La llama de sus espíritus, su entrega y arraigada nobleza han terminado de disipar mis dudas. Confío en ellos, me ocuparé de guiarles en la consecución de la victoria.

Unos segundos de silencio se formaron, los cuáles quedaron llenos por la brillante mirada del armero.

- Shion hubiese estado orgulloso de ti, hijo mío. Que Atenea te de fuerzas en esta batalla.

Todos dormían en el humilde refugio para cuando Aries llegó hasta el mismo. En silencio penetró en el lugar donde había encontrado consuelo y descanso al término de su huída. Y recordó por unos instantes cuánto dolor y desasosiego reunía su espíritu aquella fatídica noche de su recalada en Rozan…

Pero tanto padecimiento había dado sus frutos. Más seguro que nunca, dio por finalizado el descanso de su alumno con la intimidad de la unión de sus cosmos.

<<Kiki, despierta y vuelve a empacar los enseres>>

Tras desperezarse, el niño le miró extrañado, respondiéndole de igual forma.

<<¿A dónde vamos, señor Mu?>>

Obtuvo a modo de respuesta una emanación cósmica de tal magnitud que le hizo estremecer. Su maestro y confidente puso tan énfasis y pasión en esas tres palabras que de inmediato se dispuso a hacer lo pedido.

Era algo que llevaba esperando mucho tiempo para sus adentros… Pero no tanto como el primero de los caballeros de Oro. Allí le esperaba su mayor reto, la recuperación de su honor, el alzamiento de la Diosa…

Y pese a estar en bandos contrarios… Él también aguardaba.

<<Partimos hacia Atenas>>

- Capítulo 12 -

"Más grande que la conquista en batalla de mil veces mil hombres, es la conquista de uno mismo."

Buda.

Un mismo mar bañaba todas y cada una de las costas a lo largo del planeta. Un mismo aire era respirado por millones de personas. Un sólo sol entregaba luz a dichos seres. La naturaleza, en su sabia y perfecta ecuación, conformaba un paraíso que en teoría a todos llegaba en justa medida.

Pero el mar no era el mismo en Atenas, ni tampoco el sol, el cuál brillaba con ímpetu sobre su piel nacarada, ni el aire salado proveniente del Egeo, llenando sus pulmones.

Todas esas sensaciones hicieron que el caballero de Aries se estremeciera por un cúmulo de recuerdos potenciados por las mismas. Al fin quedaban visibles las puertas al Santuario, recinto sagrado vetado a los que no estaban al servicio de la Orden de Atenea, lugar en que se desataría la batalla más colosal jamás vista en milenios.

Dos guardas que vigilaban la entrada recalaron en su presencia, y alarmados al contemplar su dorada armadura, hicieron ademán de salir a buscar refuerzos al grito de la llegada del "desertor".

Por características intrínsecas del zodíaco, el carnero era un ser pacífico y apacible… Hasta que llegaba el momento de atacar, y sus embestidas resultaban terribles.

- Kiki, pase lo que pase, no te separes de mí. - dijo a su alumno, sin dejar de sostener la aterrada mirada de ambos jóvenes, conscientes de que nada podrían hacer ante un caballero de Oro, por muy traidor que éste fuera.

Las pupilas de Mu quedaron reducidas al mínimo cuando haciendo gala de sus dotes psicoquinésicas les dejó inmóviles en plena carrera. Avanzó hasta ellos, seguido por su alumno, el cuál no pronunció ni una palabra, empleando todos sus sentidos en no sucumbir al asombro y permanecer pegado a la hermosa capa que coronaba a la primera de las doce armaduras de mayor rango.

- No será necesario que deis la alarma, pronto todo este Santuario sabrá que Mu de Aries ha vuelto a recuperar su honor.
Y pasando entre los guardas, asestó sendos golpes a la velocidad de la luz, quedando éstos inconscientes. No podía permitirse el lujo de tener a todas las bajas tropas del Patriarca asediando la primera Casa.

Ambos lemurianos ascendieron por las ancestrales escalinatas que conducían al Templo del Carnero. En dicho camino, encendió su cosmos, alertando a sus once iguales de su presencia, de su regreso… Atenea y los jóvenes caballeros de Bronce que la custodiaban pronto llegarían, y deber sería llevarla hasta la Cámara del Patriarca, en donde debían reclamar su soberanía… Pero no resultaría tan sencillo desenmascarar tantos años de oscuro poder y mentira. Igualmente, la posibilidad de serles permitido el paso por las Casas sin ninguna objeción se le antojaba imposible. Fuese como fuese, con orgullo elevó el mentón para mirar con deleite los emblemas de Aries tallados en el frontón del pórtico central.

- Fui nombrado caballero de Oro hace ya quince años. - relató a su discípulo - Pero una terrible tragedia me obligó a exiliarme, quedando manchado mi nombre por una supuesta traición que nunca en vida he cometido. No es momento ahora de relatarte todo en detalle, sólo te diré que nuestra Diosa ha regresado para traer tiempos de paz, y esa victoria no será sencilla, de su parte sólo unos pocos estamos. Lo que vas a presenciar será parte misma de la historia de esta Orden. Observa, analiza y aprende de ello.

El niño asintió, mientras sentía con su potente percepción las energías cósmicas que poblaban el lugar. Un siniestro silencio invadía el Santuario, podía olerse la tensión y el peligro, pero en lugar de sentir temor, lo afrontaba con gallardía. Ver a su mentor con tanta seguridad le llenaba de agallas y admiración. Le seguiría hasta el fin del mundo si necesario era.

- ¿Ésta es nuestra Casa, señor Mu, de la que tanto me ha hablado? Será mejor entonces que guardemos las herramientas en su interior.

Le pareció bien dicha proposición, y mientras se adentraban en la penumbra de la roca, apuró sus sentidos para distinguir a todos y cada uno de los presentes en el recinto, desde los aprendices a los caballeros de Plata, pasando por todos y cada uno de los dorados. Y allí, entre ellos… Se encontraba el guardián del Templo de la Virgen.

No quería sucumbir a lo que su corazón dictase, puesto que el deber le llamaba, formado había sido para cumplirlo fuese cuál fuese la pena sufrida. Ahora lo primordial era la señora de la Justicia, y liderar aquel inminente enfrentamiento que en breve se desencadenaría. Una a una, las herramientas celestes, reliquias de tiempos en los que la hija de Zeus aliada con Atlántida estaba, fueron depositadas en el Templo tras tantos años de ausencia, y el ambiente del mismo pareció llenarse de júbilo y sobrio magnetismo. Pero una súbita conmoción hizo que aprendiz y maestro quedaran alertados de inmediato.

- Es… El cosmos de Atenea… - murmuró el primero, buscando con espanto en la mirada la confirmación del segundo - ¿Qué le ha pasado? Siento dolor y muerte.

Mu se incorporó con lentitud. Lo había captado con total nitidez, no era necesario poder verlo con sus propios ojos, en su mente clara una estampa había quedado grabada, y su alma confirmaba que la visión era real: en la misma explanada que momentos antes ellos mismos atravesaran, tendido estaba el cuerpo de la reencarnación de la Diosa, con una flecha de oro clavada en el pecho.

Aunque su rostro no reflejó la preocupación, sopesó la situación con velocidad, cambiando de inmediato la estrategia a seguir. Sólo un reflejo de luz del escudo de Atenea podría retirar aquella flecha, y el fuego sagrado, ya prendido, marcaría el lento agonizar del tiempo restante para la inevitable muerte del cuerpo humano que daba cabida al ente inmortal de la Olímpica.

- No te muestres a ojos de los demás, Kiki… La hora de la verdad ha llegado, he de someter a una última prueba a esos jóvenes en cuyas manos queda toda nuestra esperanza…

Con paso ceremonioso, salió al exterior, topándose con los cuatro valerosos caballeros de Bronce. En sus miradas, incluso en la apagada del Dragón, podía leerse la desesperación y la entrega; en sus espíritus la convicción absoluta de aquél que no posee duda alguna para con una causa.

- Esperaba vuestra llegada… - proclamó. - La vida de Atenea pende de un hilo, y si vuestra intención es salvarla, habréis de atravesar las Casas del zodíaco en menos de doce horas… Y por tanto, derrotar a quienes las custodian.

Incrédulos, los cuatro hermanastros no ponían creer que el mismo Mu que les evitara la muerte en el monte Fuji ahora se mostrase como el primero de los enemigos a batir.

- ¡Mu de Jamir! ¿Por qué nos impides el paso? ¿No estabas de nuestro lado? - bramó furioso el Pegaso, hasta que la voz más sosegada de todos ellos le impidió seguir haciéndolo.
- Yo me encargaré de él, Seiya. Me has decepcionado Mu, confiaba plenamente en ti.

Shiryu admiraba al caballero de Aries profundamente, los múltiples encuentros entre ambos producidos habían dejado huella en él, haciendo aún más intenso el apego la inminente alianza que mantenía con su maestro. Por todas dichas razones le dolía ahora encontrarse con semejante obstáculo, pero no había tiempo que perder. Había jurado proteger a Atenea y así haría, costase lo que costase. Dejándose guiar por su instinto, se lanzó tras veloz carrera sobre el tibetano, pero ni el más preciso de sus ataques valió de nada, pues fue neutralizado con un simple alzamiento mental.

Sumido en el dolor de saberse empotrado contra la roca, el Dragón fue consciente de que nada podrían hacer contra aquel poderosísimo ser… Y sin embargo, en lo más recóndito de su interior, seguía creyendo en él.

No estaba mal encaminado. Incapaz de permanecer oculto por más tiempo, el pequeño aprendiz del carnero se materializó ante los recién llegados. Podía leer en el cosmos de su mentor su real intención, y dado que éste no era demasiado elocuente, actuó con natural desparpajo haciendo de intermediario.

- No debéis temer nada, el señor Mu no quiere enfrentarse a vosotros…
- Kiki está en lo cierto… Claro ha quedado que vuestra devoción es pura y sincera, pero ni toda la voluntad del universo os bastará para alzaros con la victoria. Vuestras armaduras acusan los graves daños sufridos a lo largo de los enfrentamientos en los que os habéis visto envueltos. Observad…

Con un mero toque de uno de sus dedos, el escudo del Dragón, aquél del que se decía era el más sólido y resistente de todos, se desquebrajó, para consternación general.

- La batalla en la que os vais a encauzar no puede compararse a lo que hasta ahora habéis vivido. Os enfrentaréis a los caballeros de Oro, los más poderosos guerreros que podáis imaginar. Acudir a esta guerra con vuestras armaduras en este estado es como hacerlo sin protección. Dejadme pues, restaurarlas, mas he de advertiros: como mínimo me llevará una hora hacerlo.

La ansiedad fue la primera en mostrarse en los guerreros de Bronce tras la propuesta, pero tras razonarlo unos segundos, aceptaron. Bajo la atenta mirada del futuro alquimista, Aries reparó con devoción e inusitada velocidad las grietas del metal, entregándole nueva vida. Cada minuto invertido era un paso más hacia la total oscuridad, y por ello al ver como la primera llama sagrada se consumía en lo alto del reloj, los dueños de las convalecientes armaduras no pudieron aguardar en silencio por más.

- Mu, lamento tener que interrumpirte, pero el tiempo apremia… - con respeto inquirió Seiya.
- Ya he terminado… Vestid ahora vuestros emblemas, caballeros de Atenea.

Fascinados por el vibrar sobre sus cuerpos de Andrómeda, Cygnus, Draco y Pegaso, los jóvenes dispuestos estaban ya a dirigirse contra lo desconocido, el mayor de los sacrificios que durante sus cortas vidas habían hecho.

- ¿Lo veis? El señor Mu sólo os quería ayudar. - agregó felizmente Kiki.
- Si bien hubiese deseado custodiar personalmente a Atenea hasta la cámara del Patriarca, deberéis partir solos. - prosiguió el tibetano. - Nosotros nos encargaremos de velar a la Diosa, no debéis preocuparos por ella, centraros en atravesar cada uno de los restantes Templos.

Suspiró, y por unos segundos se sintió como si estuviese tomando a aquellos chicos ya no como entregados compañeros, sino como abanderados, protegidos. Era su deber mostrarles el camino hacia el mayor descubrimiento que todo caballero debía hacer y convertirse, por tanto, en algo semejante a un segundo maestro para los cuatro.

- Aunque vuestras armaduras sean de inferior rango, y pese a la ventaja que en experiencia y poder posean ellos sobre vosotros, no dejéis que vuestro ánimo aminore. La valía de un guerrero efectivamente de la habilidad y fortaleza física dependen, pero el verdadero poder de un caballero se encuentra en su corazón, en la justicia y… En su cosmos.

Cerró los ojos, incrementando la energía, logrando que brotase todo un universo. Sin abandonar el estado de concentración, continuó con sus palabras.

- Lo que hace de un caballero de Oro un ser de su condición, es el alcance y dominio del séptimo sentido. El cosmos habita en vuestro interior, de vosotros depende el encontrarlo y saber explotarlo. No es algo que se pueda aprender, deberéis emplearlo para ejercer la justicia como guerreros que sois. Marchad ahora, deprisa, pero no olvidéis cuanto os he dicho, y sobre todo… No infravaloréis al adversario.

Raudos como el viento, los hermanastros atravesaron el templo de Aries, iniciando así su desesperada carrera. Kiki observó con algo de temor el gesto sumamente preocupado de su maestro, el cuál seguía con la mirada perdida en el horizonte.

Mucha sangre sería derramada, demasiadas pérdidas temía, pero sobre todo, se preguntó si el destino traería estabilidad y serenidad al fin, o volvería a condenarle bajo su yugo a más dolor y frustración. Dependía ahora de su fe y de aquellos que se entregaban a la batalla. No estaban solos: oculto entre las sombras, había captado el aura en el Santuario de otro caballero de Bronce, el poseedor de la única armadura cuyo don consistía en la auto regeneración.

Creía fervientemente en Atenea y los muchachos, no sólo por lo ya demostrado, sino porque, aunque a nadie se lo hubiese dicho, en Andrómeda pero especialmente en su hermano el Fénix… Había sentido trazas del cosmos de Shaka.

Y convencido estaba… De que ello no era fruto del azar.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

La quietud inundaba cada rincón del templo de la Virgen, puesto que nadie se atrevía a poner siquiera un pie en él, convirtiendo a la sexta Casa en el más sublime de todos los santuarios, y al guerrero que lo habitaba en una divinidad a la que adorar.

Shaka de Virgo durante largos trece años se había encargado de que así fuera, construyendo sobre los cimientos de su condición el escudo que le permitiera alejarse de cualquier humano con el que el contacto no fuese meramente imprescindible. Rodeado de los entes y espíritus a los que en su eterno estado de levitación veía y sentía, sólo la pena acumulada le ligaba a la realidad.

Dolor y misericordia, sufrimiento que captaba y vislumbraba allá donde mirase, viendo sólo muerte en cualquier criatura, una muerte a la que seguía sin dotar de sentido.

La duda misma seguía enterrada en su interior, pero caso omiso le hacía, protegiéndose en la más visceral de sus premisas para no caer en la desesperación.

<<Los Sales… No puedo dejarlos… No puedo abandonar mi tumba…>>

Noche tras noche se preguntaba si había hecho bien en apoyar los dictados del Patriarca y aceptar sus escuetas órdenes. Aunque en precario equilibrio su certeza estaba, no veía maldad en el oscuro corazón del Pontífice.

Pero siendo sincero… Tampoco veía luz en el suyo. Ni las palabras de Buda le habían dado consuelo en aquel interminable tiempo, lo cuál no hacía sino incrementar su pesar. Aún así, sereno se mostraba a la adversidad, fiel a su principio de servir a una Diosa a la que, decían, era el más próximo.

No fue el agotamiento mental ni la melancolía lo que en esta ocasión le llevó a detener su transición por los estados subjetivos en los que se sumía, sino tres presencias, cada una de ellas de poderoso significado para él.

Primero, la bondad y calor de una luz demasiado perfecta para ser terrenal, un cosmos que juró había sentido levemente la noche en que su vida cambió por completo al entregarse por primera y última vez.

Segundo, Kongorikishi, el guerrero a cuya evolución había asistido, aquél en cuya mente había dejado su propia imagen, y con el cuál por fin podría medirse, logrando así desenmascarar la verdad de la extraña unión que entre ambos existía.

Y por último… Él. El único que desde un principio había visto al hombre que era donde los demás cegados quedaban por su cualidad divina… El ser en quien no había dejado de pensar desde la fatídica noche en la que rechazó su propuesta de marchar juntos de aquel lugar corrupto, decisión que, aunque no quería reconocer, había lamentado mil y una veces desde entonces.

Ese cosmos pertenecía a aquél que tenía en exclusiva la capacidad de recordarle que seguía siendo persona. Un cosmos si cabía más potente y brillante ahora que cuando lo sintió aquella lejana mañana en que se conocieron a las puertas del primero de los Templos.

El ario rompió su meditación para salir hacia el exterior y dejar que la luz bañara su pálido rostro. Allí, tan lejos que ni su vista hubiese podido distinguir la esbelta figura, estaba Mu de Aries. Mas pese a esa distancia, le sentía cerca.

Más cerca que nunca.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

Con cara de pocos amigos abandonó Aldebarán de Tauro las entrañas de su Templo. En realidad, algo más que mal humor portaba: también una de las afiladas astas de su armadura estaba partida, señal inequívoca de la derrota.

Pero poco le importaba al brasileño que un simple caballero recién nombrado en aquellas tierras griegas se hubiese llevado por delante su seña de identidad, lo que ocupaba ahora mente y conciencia era aquella voluntad de hierro y la ferocidad de su cosmos, amplificado por un aura divina que no sabía bien cómo catalogar.

De brazos cruzados, dejó la mirada suspensa en el vacío cuando una sensación familiar le invadió. Al girarse hacia las paredes rocosas que delimitaban su territorio, se llevó una grata sorpresa que para nada esperaba.

- ¡Mu! ¿Cuándo has llegado? Sentí por unos segundos tu presencia antes, pero lo atribuí a mi imaginación. - comentó, sorprendido por verle tan jovial como antaño, como si los años por él no hubiesen pasado.

De tan buen carácter y discreción era el guerrero de Aries que siempre le había tenido en gran estima. Por ello, cuando le fue comunicado su abandono y traición al Patriarca no se pronunció al respecto. Decidió seguir ofreciendo sus servicios al mandatario y la Diosa bajo su custodia, pero nunca había restado un ápice de confianza al supuesto traidor.

- Mi regreso es mera anécdota comparado con esto…- respondió a modo de saludo el tibetano, mirando sin ocultarlo el asta rota. - ¡No puedo creer que hayas sido vencido, Aldebarán!

El brasileño rió con ahínco, arrancado una sonrisa en su intercomunicador. Cuánto había echado de menos su sincera compañía…

- Les he dejado pasar, pero Seiya ha sido capaz de hacerme esto.
- Puedo repararla si lo deseas, viejo amigo.

Tauro llevó una mano hasta donde el trozo de oro debía estar.

- No, será mejor que así quede, me servirá para no dormirme en los laureles y perfeccionar mi técnica.

Ambos guardaron silencio unos segundos, los suficientes como para que el guardián de aquella Casa volviera a pronunciarse.

- Cuando Pegaso consiguió asestarme su golpe, pude percibir en él una energía sublime. Pensé que por unas milésimas de segundo había alcanzado el séptimo sentido, y posiblemente así fue, pero… Me pregunto si en realidad era el cosmos de Atenea el que le dio alas.

Al verle así, sopesando sus ideas y valores, Mu esbozó una triste sonrisa.

- Yo creo en esos chicos, apoyo su causa, y comparto la convicción que muestran. El que en lo cierto o no estemos, es cuestión de tiempo. Ni estos trece años han podido mermar mi determinación.
- Siempre me pareciste un hombre honesto. De haber corrido otros tiempos, no te hubiera dejado en la estacada.

La mano conciliadora del tibetano fue depositada con firmeza sobre uno de los robustos hombros del segundo de los caballeros de Oro.

- Lo sé. Me alegra haberte visto de nuevo, mas ahora he de marchar. Atenea necesita de mis atenciones.

Y sin más, desapareció en la materia, dejando al imponente y corpulento guerrero replanteándose si todos aquellos años de fidelidad al Santuario habían sido en vano, mientras la idea de efectivamente haber obrado bajo las órdenes de un impostor cobraba peso a pasos agigantados.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

En las llamadas Cuatro Verdades Nobles el Iluminado había resumido todo su conocimiento sobre la vida y lo que la misma implicaba. Y de todas ellas, dos siempre por delante llevaba el caballero de Virgo.

<<Toda existencia es insatisfactoria y llena de sufrimiento>>
<<De la vida surge un vehemente deseo, el cuál implica permanente esfuerzo por hallar algo estable en un mundo transitorio>>
¿Qué era la felicidad, sino una ilusión, un espejismo en un mar de dolor? ¿Dónde quedaban los sacrificios cuando el cuerpo en polvo se transformaba? El sendero del guerrero estaba plagado de estos pesares, sumados a los de ya de por si asfixiante existencia.
Por vez primera en siglos, el pórtico del templo de la Virgen fue atravesado por tres sujetos simultáneamente. Erguido permaneció en su interior, aguardando la llegada de los jóvenes que con inusitado descaro habían llegado tan lejos en aquella desesperada cruzada.
Les impediría naturalmente el paso, fiel a su condición de custodio de la sexta Casa, más no era detenerles lo que realmente deseaba: aplacándoles momentáneamente estaba seguro de atraer hasta sí al hombre a quien estaba esperando, al otro guerrero de Buda.
- ¿Osáis entrar en este templo sin mi consentimiento? Habéis desencadenado mi ira, y el castigo que recibiréis será ejemplar.
Caídos de bruces sobre el suelo, los tres jóvenes observaron atónitos al divino caballero hindú.
- ¡No olvidéis lo que nos dijo Aioria! ¡Si abre los ojos, estaremos perdidos! - recordó el Dragón.
Shaka les observó, leyendo en sus corazones. Como de antemano suponía, no existía maldad ni codicia alguna en ellos. Su atención quedó centrada en el menor de todos, en sus profundos y verdes ojos y la bondad que éstos resudaban.
- Si hasta aquí habéis llegado, he de suponer que los demás caballeros se han sumado a la traición permitiéndoos el paso. ¡Pagaréis por ello!
En los oídos de los caballeros de Bronce resonaron extraños cánticos, los cuáles ganaron más y más velocidad hasta desencadenar en el ataque más desgarrador que habían sufrido: sus propias técnicas eran devueltas por una barrera energética indestructible.
Al poco, yacían en el frío mármol, inconscientes. Shaka, posicionado ante Andrómeda, sufría al percibir su agonía. La misericordia era una con él, e incapaz de soportar el pesar por mucho más tiempo, se dispuso a acabar con su vida de certero golpe…
Mas el fuego que acompañaba al ave Fénix se lo impidió.
- No perdonaré lo que has hecho a mis hermanos. Prepárate, caballero, voy a acabar contigo.
Ahí estaba Kongorikishi, brillando con esplendor propio, vistiendo al incombustible Fénix.
- Nada aprendiste de nuestro encuentro como era de suponer… Mide tus palabras antes de pronunciarlas, o acabarás por ahogarte en el lago de sangre sobre el que te sostienes.
Para su estupor, Ikki efectivamente se encontró medio hundido en un mar oscuro rojo. Se dijo a si mismo que debía tratarse de algún tipo de ilusión, las cuáles él mismo empleaba como base de sus ataques, pero la figura de su oponente, su voz, y sobre todo su celestial cosmos eran extrañamente conocidos…
Un pinchazo súbito en el cerebro le devolvió la memoria, y con los ojos abiertos de puro terror, recordó cada detalle de lo sucedido en la Isla de la Muerte.
- En aquella ocasión trataste de acabar conmigo, pero cuando supe que nada podría hacer ante ti, me perdonaste la vida. ¿Por qué? ¡Responde!
- Como ya te dije, no vi en tu interior maldad, al igual que no la veo ahora. Lamento tener que sacrificarte en esta ocasión, tu vida será una ofrenda a los Dioses… Y como muestra de mi compasión, te daré a elegir el Infierno en el que morir…
El Fénix sintió como su cuerpo estallaba en insoportable dolor mientras caía en el vacío. Seguro de que acabaría en uno de los terribles mundos destinados a todos los que manchaban su alma y ciclo del karma, Virgo dio por concluido su quehacer, no sin profundo aplomo por ello.
No debió menospreciar al guerrero, puesto que no le había dado muerte, ni mucho menos.
- Crecí en un infierno para formarme como lo que soy en otro. Dudo que me acepten en esos que me ofreces. ¡Serás tú ahora quien experimente sus temores más arraigados!
Y con rabiosa efectividad, el Puño diabólico impactó en el ario, aunque sin el pretendido efecto. En lugar de quedar éste sumido en sus tinieblas, fue el primero el que revivió un episodio de su vida que había quedado enterrado en el más inaccesible rincón de su corazón.
- Aún sigues bajo los efectos de la Caída a los Infiernos… Sí, a muchos escapaste, he sido testigo de ello. ¿No recuerdas aquel día, Ikki?
El japonés no dio crédito al encontrarse entre los montones de rocas distribuidos a lo largo del Limbo. Cerca de donde ambos estaban, un niño avanzaba lastimosamente portando un bulto entre brazos.
No… No puede ser… ¡Soy yo, y el bebé que llevo es mi hermano!
Se llevó las manos a la cabeza para no tener que oír de nuevo esa voz a la que tanto odio había mostrado, tratando de evitar revivir aquella pesadilla.
<<Apenas ya puedes llevarle. ¿Por qué no le dejas aquí? Así podrás salir con vida. Piénsalo, es sencillo: abandónale, sálvate tú. No más dolor, no más sufrimiento.>>
<<No más sufrimiento… sufrimiento…>>

Gritó, presa del rencor, reconociendo al fin en su rival aquel ser que le había acompañado a lo largo de todos y cada uno de sus años de vida.

- ¡Eras tú! ¡Maldito seas! ¿Cómo te atreves a indagar en mis recuerdos? ¿Y de ti dicen que eres el más cercano a los Dioses? ¿Por qué entonces sirves al Patriarca si su alma es oscura y atenta contra la vida de Atenea?

La lealtad del Fénix iba mucho más allá de lo que en principio había creído. ¿Estaría realmente en lo cierto, sería la muchacha a la que defendían la supuesta reencarnación de la Olímpica?

¿Encontraría gracias a él una respuesta que diera fin a las dudas que carcomían su voluntad? Debía averiguarlo, poniéndole a prueba una última vez.

- Tu insolencia ha alcanzado niveles intolerables. Te arrastraré de este mundo poco a poco, caballero… Tendrás el triste honor de ver lo que nunca debiste.

Sus párpados se abrieron, hipnotizando al valeroso joven con sus azulísimas pupilas, las cuáles desataron un tremendo poder fruto de la unión de todos sus karmas, fusionándose cuantos guerreros habían portado a la virgen dorada con anterioridad. Uno a uno, sus cinco sentidos fueron eliminados, quedando sumido el desafortunado en la nada.

- Ojalá el destino nos hubiese deparado otro final. ¡Muere, caballero!

Rematado hubiese quedado de no haber sido por la cadena de Andrómeda. Era ahora el menor de los dos hermanos guerreros, aquel que en contra de la violencia se había pronunciado hacía milenios, el que protegía a la sangre de su sangre.

- No permitiré que le dañes, aunque sea lo último que haga.

Tan fuerte era el vínculo entre ambos, tan palpable el mutuo amor y la devoción, que le conmovió profundamente. Allí se vio Shaka de Virgo, entre los dos jóvenes a los que unido había quedado por designios divinos, luchando contra un final que no deseaba que llegase. Pero la victoria y la derrota no iban de la mano, la una necesitaba de la supresión de la otra para darse.

Ikki no veía. No oía. No olía. No hablaba. Ni siquiera podía captar a través del tacto.

Pero sentía. Y amaba. Con desmedida intensidad. Amaba a la Diosa, y a su hermano.

<<Shun… Sé que puedes oírme… Gracias a la supresión de mis sentidos, he podido alzar mi cosmos hasta el límite…>>

Un destello ardiente le envolvió para asombro del ario, ya liberado de la cadena de Andrómeda.

- ¿Cómo es posible? ¡Estabas más muerto que vivo! ¿Será que tu cuerpo es fiel a la leyenda del ave inmortal que renace de sus cenizas?

Atrapado quedó por los musculosos brazos del caballero de Bronce, a la par que tanto él como el otro implicado pudieron oírle en el interior de sus mentes.

<<Ahora sé como derrotarte, Shaka. Iré hasta los Infiernos, pero tú vendrás conmigo. Adiós hermano, protege a Atenea. Si es verdad que existe la reencarnación, estoy seguro de que volveremos a vernos en nuestra próxima vida.>>

El cosmos del Fénix estalló con tan vehemencia que se llevó ambos cuerpos, el de su oponente y el suyo propio, por delante.

Lágrimas regaron el hermoso rostro de Shun al verse reflejado en la dorada virgen, ahora vacía y ensamblada. Habían vencido al sexto caballero, pero había perdido, otra vez, lo que más quería.

Con una salvedad: que ya no podría volver a recuperarle. O al menos… Eso creía.

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Sólo un fuego quedaba por consumir en lo alto del reloj sagrado. La flecha de oro se hundió un poco más en la carne en cuanto la llama de Acuario desapareció.

Rodeada por diversos caballeros de Bronce, Atenea luchaba por alzar su cosmos y entregar sus últimas energías a aquellos que a punto se encontraban de lograr una proeza. Pero la esperanza parecía inalcanzable, en especial para Kiki, que no podía entender cómo su maestro permanecía sentado en las escalinatas de su templo impasible cuál estatua.

- ¡Nuestra Diosa va a morir, señor Mu! ¿Por qué no hace nada? ¿Y si Seiya y los demás no lo consiguen? ¡Respóndame! - gritaba mientras le rodeaba por todos lados, suplicante.

No menos consternación pesaba sobre su maestro, mas cómo explicar a su joven discípulo que en sus manos no quedaba nada más que evitar la entrada a las doce Casas de más enemigos… Su papel en aquella guerra era el de la capitanía, no el del enfrentamiento directo. Tan poco faltaba, y tan distante seguía pareciendo el objetivo…

De pronto, se sintió levitar por completo, como si se sumiese en un trance imposible de relatar con palabras. Alguien trataba de ponerse en contacto con él a través de la telepatía.

- Señor Mu, ¿qué ocurre? - inquirió preocupado el joven lemuriano.

Sin alcanzar a responderle, Aries se incorporó, con los ojos clavados en el vacío y toda su destreza psíquica desplegada. Al fin reconocía quién se hallaba tras el otro lado del enlace.

<<Mu… Mu de Aries… ¿Puedes oírme?>>

<<Shaka… ¿Eres tú?>>

<<Sí… Necesito de tu poder mental, estoy atrapado en otra dimensión espacial>>

Sonrió levemente. Pese a lo extravagante de la situación, el poder escuchar su voz de nuevo le llenó breves segundos de alegría desorbitada.

<<Me resulta difícil de creer que seas precisamente tú el que me pida ayuda para salir de un estado subjetivo>>

<<Si lo hago es porque no estoy solo. Necesito que trates de llevar a mi acompañante hasta el plano terrenal, con mis fuerzas me es imposible>>

<<Bien… En el templo de la Virgen os dejaré pues>>

Empleando la totalidad de su psicoquinesis accedió a lo pedido, perdiendo unos momentos el equilibrio por el tremendísimo esfuerzo realizado. Y mientras su alumno acudía a sostenerle con cuidado, en la sexta Casa del zodíaco era el propio Shaka quien con un certero toque en la nuca devolvía al Fénix en sí.

Ikki abrió los ojos y parpadeó, tratando de ubicarse. No tardó en reconocer el lugar exacto donde se encontraba.

- Shaka… ¿Por qué me has traído de regreso?

El hindú tomó del suelo las partículas de la armadura de Bronce para dejar que estas cubriesen el cuerpo del joven.

- Porque gracias a ti, mis dudas se han disipado. No hay tiempo que perder. Tu armadura es la más extraordinaria de cuantas existen, resurge cada vez con mayor esplendor, como tú. Vamos, dirígete hacia la Cámara del Patriarca, ejerce tu justicia, guerrero.

Las plumas plateadas volvieron a cubrir al Fénix, el cuál tras asentir se marchó de allí sin mirar atrás. Virgo le observó partir. Por un lado, sentía profunda emoción por ver desplegar sus alas al caballero del que por tanto tiempo pendiente había estado. Pero por otro… Supo que había dedicado trece años de su vida al servicio incorrecto.

Aún así, seguro estaba de atisbar pureza en el interior del Patriarca al que había sido leal. ¿Quién se escondía pues bajo esa máscara? ¿Quién era el traidor al que Mu había detectado desde el principio?

Pronto lo sabrían.

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La lucha fue encarnizada. Pocos habían creído en las posibilidades reales que los caballeros de Bronce tenían, pero como un milagro, el potente rayo de luz reflectado por el escudo de Atenea dio de lleno en su pecho, ahí donde la flecha a punto estuvo de atravesar su corazón cuando la última de las llamas se extinguió.

Todos y cada uno de los presentes no cupieron en su gozo al ver despertar a la Diosa del mortal letargo.

- Es hora de partir hacia la Cámara del Patriarca, mi señora. - Indicó Mu, una vez arrodillado en el suelo frente a la Diosa.

Fue así como la bella defensora de la justicia, báculo en mano, inició la ascensión por las doce Casas acompañada de los sucesivos guerreros que la recibían a la entrada de sus templos. Primero Aldebarán, luego Aioria, los supervivientes a la batalla la reconocían como soberana, y se unían al grupo que, ahora unido, reclamaría el alzamiento de la verdad acabando con la mentira y traición que habían poblado aquel recinto.

Mu ascendía seguido de cerca por su joven pupilo, mostrando como siempre semblante sereno, contradiciendo al intenso replicar de su corazón al ver aparecer sobre sí el relieve de las dos vírgenes que adornaban la entrada a la Casa de Virgo.

Shaka, su guardián, arrodillose ante Atenea para unirse a los demás. Podría haber completado el camino distante hacia lo alto del Santuario en compañía de cualquiera de los presentes… Y sin embargo, ninguno pareció buscar una explicación a por qué junto al caballero de Aries así hizo.

Milo del Escorpión fue el último de los dorados en sumarse a la comitiva, llegando al fin a la consabida Cámara, dejando tras de sí un reguero de compañeros caídos y destrucción. Mientras Atenea insuflaba con su cosmos vida en los desfallecidos héroes precursores de la proeza, el lemuriano reunió a sus compañeros de rango en una reunión tan informal como decisiva.

- Como ya sabéis, partí una noche de hace trece años tras la misteriosa muerte de Aiolos con una convicción. - dijo, mirando por unos segundos al guerrero de Leo. - Y todo este tiempo en exilio me ha servido para estar completamente seguro de mi corazonada. Aquel al que habéis sido leales, el Patriarca, no es más que un impostor.

Poco quedaba que demostrar, pero los caballeros de Oro que con vida quedaban murmuraron para sus adentros, tratando de buscar una respuesta a la macabra evidencia a la que ya no podían resistirse.

- Tú siempre lo has sabido, ¿verdad, Mu? - preguntó Shaka, con tristeza en la voz.
- Sí… Sospeché de una persona incluso antes de que la tragedia se cerniera sobre este lugar. Con seguridad os afirmo, compañeros… Que cuando rompamos en dos esa oscura máscara, el rostro que veremos no será otro que el de Saga de Géminis.

Estupefactos ante la revelación, todos acudieron raudos a la llamada de un cosmos que se apagaba sin remedio. Junto a Hyoga, Shiryu, Seiya, Ikki y Shun, los dorados observaron cómo el que en su día fuese el noble Saga, candidato de peso para suceder a Shion en su puesto, moría lentamente en brazos de Atenea tras asestarse a si mismo un golpe mortal, el mismo con el que había asesinado al auténtico Patriarca a sangre fría.

- No lloréis, mi Diosa… Os he fallado, con mi muerte pagaré por mis pecados, aunque no pueda llegar a expiarlos.

Fue así como el mandato del ilegítimo Pontífice llegó a su fin. Observando la expresión de serenidad que en el rostro del muerto había quedado, Mu sentenció.

- Saga padecía un trastorno de doble personalidad… Esquizofrenia. La bondad más pura habitaba en su corazón, unida a la más vil maldad. Que su nombre no pase a la posteridad como el de un enemigo, sino como el de un gran guerrero víctima de sus propias circunstancias.

Los tiempos de paz habían sido restaurados. Muchos habían perecido, pero otros eran ahora reconocidos como valerosos miembros del Santuario. En gesto de consideración y honra, los cinco caballeros de Oro presentes regaron con su sangre las armaduras de los auténticos protagonistas de la epopeya.

Sonrisas y alegría reinaron por doquier, las atenciones para con la Diosa fueron desmedidas, volcándose los presentes en ella en cada forma posible. Tan ensimismados estaban por la felicidad de tenerla entre ellos y la tristeza por los desaparecidos, que nadie se percató de cómo las manos de Virgo y Aries se buscaban la una a la otra, furtivas, entrelazándose por unos instantes, como queriendo cerciorarse el uno de que la presencia del otro… Era real.

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Llovía en Atenas. Pese al esplendor con que el sol había brillado a lo largo del día, la noche se encargó de contrarrestar los efectos del sofocante calor. El sonido del agua impactando contra la roca era un regalo del cielo, como si desde el Olimpo hubiesen querido purificar el Santuario y llevarse con el maná de los Dioses los últimos restos de penuria que pudiesen quedar.

Precisamente ahí, bajo la lluvia y a pie de los dos formidables Sales gemelos, Shaka de Virgo aguardaba. No había sido necesario decirle que allí estaría, seguro estaba de que como antaño, él acudiría. Tanto había soñado con ese momento que el transcurrir de los minutos se le antojó eterno y desesperante. Pero finalmente… Ocurrió.

Habían mantenido la compostura tomando parte en las respectivas ceremonias y trámites celebrados con motivo de la instauración de la paz y la llegada de Atenea, pero ahora, sin más armaduras que les vistiesen salvo la pátina transparente de lluvia que les cubría, volvían a ser ellos mismos.

Se miraron en la distancia, inmóviles. Mu avanzó lentamente hasta la elevación donde la persona a la que no había dejado de amar ni un solo segundo aguardaba. Ya separados por escasa distancia, observaron en sus respectivos rostros el paso del tiempo.

El ario comprobó cómo los enigmáticos efectos de la alquimia habían mantenido en suspensión cada uno de sus rasgos, dejando ante él la misma imagen que contemplase la primera vez que con sus ojos vio.

Por su parte, el descendiente de los atlantes se encontró con el semblante de siempre, ahora ya enmarcado en la madurez de la treintena.

Fundiéndose con las gotas de lluvia, lágrimas de felicidad escaparon traicioneras mientras caían de rodillas sobre la hierba en el más sentido abrazo que jamás habían dado. Entre las grises nubes un claro se abrió, permitiendo a los astros ser testigos de cómo entre besos y sonrisas al fin volvían a estar unidos.

- Siempre creí en ti… Pero no podía dejar esto atrás…- susurró Shaka en medio del llanto, mientras apartaba los cabellos empapados de la cara del tibetano.
- Y nunca dudé yo en ningún momento… Que volvería a tu lado. - respondió.

El tiempo podía detenerse y la Diosa mostrar benevolencia, ya que en aquellos instantes nada más hubo en todo el universo para los dos guerreros que la tan anhelada presencia del otro.

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- Aguarda un momento, no mires hasta que así te diga

Ambos en el sobrio dormitorio del Templo de Virgo, Mu esperó con los ojos cerrados y una imborrable sonrisa en los labios a que la consabida indicación llegase. Para cuando ésta fue pronunciada, se encontró con velas encendidas por doquier a lo largo de todo el suelo de aquella sencilla y modesta habitación. Le besó nuevamente, hasta que la suave voz de Shaka rompió el emotivo silencio.

- ¿Estás seguro de que será buena idea permanecer fuera del Jardín de Sales? - preguntó con sensualidad.
- Los oficios por nuestros compañeros caídos ya han sido celebrados. Atenea está entre nosotros, Aldebarán, Milo y Aioria se han ofrecido para velar su descanso en la Cámara. Los jóvenes guerreros duermen en Aries en compañía de mi alumno… - contestó, rozando su cuello con las yemas de los dedos. - Y el mundo es perfecto porque tú estás en él.

No se añadió más. Si había una noche ideal para que nadie reparara en la presencia de los dos en la sexta Casa, sin duda era aquella. Sus labios volvieron a fundirse a la par que las túnicas que les vestían, completamente mojadas, resbalaban con lentitud acabando sobre el mármol.

Tendidos sobre el humilde lecho de Shaka, volvieron a comunicarse ya no con palabras, sino con caricias, miradas y suspiros. Con entrega, pasión y ternura, se hicieron el amor como si la vida en ello se les fuese, en venganza por todas las lunas que injustamente les habían sido arrebatadas.

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Los primeros rayos del alba penetraron por el ventanal, tiñendo de rojizo cada rincón de aquella dependencia. Algunas velas ya se habían consumido, otras permanecían encendidas, y entre las mismas, arropados por las sábanas, Shaka y Mu seguían conversando tras así haber hecho a lo largo de toda la madrugada.

Intercambiaron impresiones acerca de lo que aquellos años habían supuesto, de la batalla, la soledad… El ario, con la cabeza apoyada de lado sobre la almohada y a escasos centímetros del tibetano, miraba constantemente a los ojos malva de su pareja, mientras éste proseguía su apasionante relato. Precisamente, sobre su pequeño discípulo y cómo le había adoptado estaba enfocado en esos instantes.

- Hablas de Kiki como si fuera tu propio hijo. - comentó el hindú, con dulzura.
- Es un niño brillante, sus aptitudes para la alquimia son extraordinarias… Tanto como su desproporcionada picaresca. Pero estoy seguro de que será un gran guerrero, aunque aún le quede mucho por recorrer.
- Serás buen maestro, tu sucesor ha tenido suerte al ser nombrado como tal… Y hablando de tu alumno, ya ha amanecido, debe estar preguntándose donde estás.

Aunque desease con toda su alma el no verle marchar, así debía ser.

- La última vez que dije que volvería a la noche si nos era posible… Me vi obligado a pasar una eternidad lejos de ti. - comentó con tristeza Aries.
- Pues no lo hagas entonces…

Se creó un momento de emoción tan punzante que Shaka no pudo evitar decirle aquello que su corazón encerraba, un mensaje que deseaba que el guerrero de Aries recordara durante todos los años de vida que finalmente le fuesen otorgados.

- Pase lo que pase, incluso hasta en el día en que deba llevar a cabo mi cometido, siempre estaré contigo, Mu… Aquí… - susurró, mientras depositaba una mano justo donde latía el corazón del tibetano.

Las lágrimas acudieron nuevamente a los ojos del alquimista. El sólo hecho de pensar que algún día volvería a perderle, pero ya de forma irreversiblemente definitiva, le atormentaba. Por ello, tomó su rostro entre las manos para atraerle hasta sí y besar su frente, y a continuación dejarlo apoyado sobre su pecho, a la par que le abrazaba con firmeza.

- Hagamos un trato, amor mío…- dijo el primero de los caballeros de Oro. - No volvamos a mencionar tu misión, dejemos que ésta llegue cuando así haya de ser. Y hasta ese momento, vivamos cada segundo como si fuese el último.
- Que así sea.

Se incorporaron con parsimonia, comenzando a vestirse con las ropas ya secas, desperdigadas por el suelo. No se despidieron, como habían acordado. Caminaron juntos hasta la entrada del Templo de la Virgen, y una mirada bastó para dar por finalizada aquella velada, la mejor de sus vidas. El amanecer, cómplice de su relación desde los inicios de la misma, vio partir hacia el Templo de Aries a su correspondiente custodio. En ambos, una sonrisa, un secreto, un amor que había sobrevivido a trece años de diferencias políticas para resurgir con aún mayor fuerza.

Tras recorrer las cuatro Casas ahora vacías que separaban ambos recintos sagrados, el tibetano penetró en sus aposentos. Los jóvenes héroes aún dormían, por lo que entró en la cocina dispuesto a iniciar los quehaceres del día a día. Flotaba en una nube, tan abstraído que no se percató de la presencia de su pupilo, el cuál le esperaba desde hacía rato.

- Buenos días, señor Mu.
- Buenos días.

El niño esbozó una sincera sonrisa, mientras acudía a ayudar a su mentor.

- Se le ve distinto esta mañana.
- La presencia de Atenea y la paz me hacen feliz.

Kiki nada más sobre el tema añadió, mientras comenzaba a contarle con júbilo todos los detalles de la noche que había pasado entre los caballeros de Bronce. Pero aunque nada dijese a su maestro, sabía que la felicidad de éste por supuesto se debía a la Diosa… Pero a algo más que no había querido reconocer.

El corazón del joven lemuriano así lo sabía, pues nunca había visto a los ojos de Mu de Aries sonreír de la forma en que ahora hacían.

Y ello valía para él más que el brillo de cien estrellas juntas.

- Capítulo 13 -

- ¿Cuánto tiempo estarás fuera entonces?

Mientras le ayudaba a cepillar su larga cabellera, Shaka hizo la consabida pregunta con un deje de tristeza en la voz. Terminó de configurar aquella espesa trenza violeta para recibir pronta respuesta.

- Unas dos semanas a lo sumo.

Aries le sonrió. Había llegado el momento de iniciar una nueva etapa en el entrenamiento de su alumno. Desarrolladas las primeras aptitudes y destrezas en el campo de combate, debían partir hacia Jamir, donde el futuro alquimista pasaría en completa soledad un total de dos años con el propósito de ser capaz por si mismo de crear la piedra filosofal y profundizar en los misterios de la materia.

- No me demoraré demasiado, sólo lo justo y necesario para llegar a Tibet, dar las últimas indicaciones y emprender el camino de regreso.

El ario asintió, a la par que se disponía a acompañarle como cada mañana hasta el exterior, con la salvedad de que en esta ocasión Mu no se marcharía por la entrada principal, sino por el pórtico posterior, dado que debía acudir a su cita con Atenea para confirmar la partida.

- Me encantaría ver con mis propios ojos tu tierra, me has hablado tanto de ella… - comentó, más bien para sus adentros.

Lo que no se esperaba el sexto caballero de Oro bajo ningún precepto era la reacción que aquellas palabras iban a tener en su acompañante.

- Pues vente conmigo. - susurró éste, con un brillo cegador en la mirada. - Llevas dieciséis años prácticamente sin salir de Atenas.
- Pero ya sabes que no debo dej…
- Shaka… - interrumpió con complicidad - La batalla contra el panteón de Poseidón ha concluido, vivimos tiempos de paz, nada ocurrirá en tan breve ausencia. Sólo serán dos semanas, pidamos permiso a la Diosa. Además, sería la segunda ocasión en que rechazas mi oferta. ¿Desde cuándo eres tan descortés? - bromeó, tratando así de convencerle.

En ello le daba la razón. Sólo había abandonado la capital griega para acudir a la Isla de la Muerte bajo expreso mandato, hacía ya bastante tiempo. Por un lado no quería que el Jardín de Sales quedase sin su permanente custodia, pero por otro…

La sonrisa infatigable del carnero logró disipar sus cavilaciones internas. En realidad, nada le gustaría más en esos momentos que marchar a su lado hacia el otro confín del mundo.

- Nunca lo he sido. Vamos, espero que a nuestra señora le parezca buena idea tus ocurrentes proposiciones.

Feliz por haberse salido con la suya, el tibetano recibió los primeros y cálidos rayos del alba en compañía de Virgo, y juntos emprendieron el ascenso hasta el más sobrio y sublime de cuantos Templos poblaban el Santuario. En el mismo, la Diosa esperaba la llegada del leal Mu de Aries a sus aposentos. Recibirle acompañado no hizo sino incrementar la alegría por tener ante ella a dos de sus mejores guerreros.

- Atenea, disculpad las molestias que os haya podido causar mi citación a tan tempranas horas. - proclamó ya arrodillado el representante de la primera Casa.

En lo alto, la actual reencarnación de la divinidad restó importancia al asunto, alentando a ambos caballeros, postrados en el suelo en igual gesto, a romper con el protocolo establecido.

- No has de disculparte, caballero de Aries, tanto tu presencia como la del caballero de Virgo siempre es bienvenida. Y bien, ¿finalmente partirás con tu discípulo a lo largo de la jornada?
- Sí, mi señora. Tengo previsto dejar Atenas en un margen de dos horas.
- Espero que tengas un viaje apacible y que tu alumno recoja los frutos de su esfuerzo en un futuro próximo. - dijo la divina mujer.

Fue cuando Shaka, mero figurante hasta ese momento, se pronunció.

- Mi Diosa, si no lo consideráis una merma defensiva, desearía acompañar a Mu de Aries durante su travesía.

La petición fue hecha con discreción y sinceridad, quedando ambos implicados aguardando la respuesta, dejando suspensas las respectivas miradas en la sabia de Palas Atenea. La hija de Zeus, con toda la bondad de su ser, pudo ver que entre aquellos dos hombres entretejido había un amor tan profundo que catalogarlo de simple afecto hubiese sido una ofensa contra el más puro y desinteresado de los sentimientos habidos y por haber.

Si les dejaba partir, sólo tres caballeros de Oro en toda la Orden quedarían, pero… Tantos habían sido los sacrificios hechos por la totalidad de sus guerreros que no podía negarse. Al igual que había decidido alejar a los jóvenes de Bronce de la batalla, si sus superiores podían tener aunque fuese tan sólo un paréntesis de libertad en sus sacrificadas vidas, lo concedería.

- No permanezcáis fuera de nuestros dominios más tiempo del necesario… Tenéis mi permiso y palabra. - concluyó así.

Con una nueva reverencia agradecieron las atenciones y dieron por finalizada la breve entrevista, disimulando sin demasiado éxito la emoción por el dictamen recibido.

- ¿Dos horas has dicho? - preguntó el hindú, una vez de vuelta en el Templo de la Virgen.
- Sí, he de ultimar ciertos detalles con Kiki. Te esperaremos en las escalinatas de Aries.

Un breve silencio se creó, alimentado por una curiosidad tan intensa que quedó reflejada en la azul mirada del ario.

- ¿Vas a decírselo?
- Me temo que es momento de así hacer… No me veo en condiciones de improvisar una razón por la que vayamos a tener compañía de camino al Himalaya.

Y así, sonriendo en labios y corazón, el ligado en karma a Buda le vio marchar, para luego desaparecer él mismo en el interior de su morada, dispuesto a preparar lo indispensable para el trayecto.

Sólo había sentido tanta emoción ante una partida: el día en que, irónicamente, abandonó la India para recalar en Grecia. Casi dos décadas después, el mismo viaje se repetiría a la inversa, con la salvedad de que éste le llevaría a las cimas que coronaban su país natal.

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Era tal la quietud de aquella inmensa biblioteca subterránea que sólo el crujir de las llamas en las lámparas de aceite hacía compañía. De cualquier forma, el aprendiz de Aries estaba tan centrado en su tarea que ni el sonido de mil rocas cayendo sobre su cabeza le hubiese supuesto distracción alguna.

Pero la excepción que confirmaba la regla eran los rítmicos e inconfundibles pasos de su maestro descendiendo por las escalinatas de madera que llevaban hasta aquella milenaria cripta repleta de saber. Se giró una vez le tuvo a sus espaldas, sonriendo por unos momentos para volver a depositar su atención en la delicada tarea que tenía entre manos.

Mu le miró detenidamente. En aquel tiempo transcurrido desde que llegasen a Atenas procedentes de Jamir, su discípulo y protegido había cambiado. A sus 11 años, tanto había crecido que de seguir a ese ritmo le superaría en estatura en plena adolescencia. Su musculatura, marcada cuál relieve esculpido en mármol, indicaba que pronto el niño pasaría a ser un joven de esbelto esplendor. Tan sólo la mirada, transparente y viva como siempre, permanecía inalterable, como ajena a todas las desgracias de las que había sido testigo… Pese a su corta edad, Kiki había presenciado y participado nada más y nada menos que en tres contiendas
Ello, sumado a sus cualidades innatas, confirmaba a su mentor que algún día sería un impecable guerrero al servicio de la Diosa.

- ¿Has preparado el equipaje? Nos marcharemos en breve.
- Sí, señor Mu. Lo hice anoche para poder terminar esto antes de irnos.

Aries observó el trabajo de su aprendiz.
- ¿Has probado con la aleación que te indiqué la semana pasada?
- El metal ha reaccionado bien… Sólo un poco más y…

Unos cuantos toques de cincel más y el niño mostró con orgullo su brazalete. El dorado adorno que solía llevar en el brazo había sido la primera creación de éxito realizada gracias a sus conocimientos y logros alquímicos años atrás. Forjado a partir de partículas y restos de polvo de estrellas, había tenido que incrementar su radio, dado que el desarrollo de los músculos le impedía lucirlo como de costumbre.

Mu tomó asiento a su lado en la mesa de trabajo donde se encontraba, apartando todos los pergaminos y demás que su alumno había estado estudiando. Sólo había algo que le deportaba más placer que pasar horas relatando parajes de la historia de la Orden en aquélla, la morada secreta de los Aries: ver a su alumno disfrutar también de ello.

Mientras tomaba un pergamino y lo enrollaba tras examinar la evolución de la caligrafía, buscó las palabras precisas para iniciar lo que debía decirle.

- Como ya sabes, es nuestra misión como los primeros caballeros del Zodíaco velar por la integridad y absoluto secreto de esta biblioteca. Nadie más que los miembros de la primera Casa deben conocer su existencia y paradero, y sólo nosotros podemos investigar en sus documentos, así como legar nuevos, escritos en la lengua que a mi lado has aprendido.
- Sí, lo sé…

Miró a su alrededor, ahí donde los cientos de estanterías de piedra se desplegaban hacia el infinito, exponiendo documentos que se remontaban a las primeras generaciones de caballeros de su signo, algunos tan antiguos que constituían verdaderas reliquias.

- Muchos han dejado su huella en tinta y papel con un propósito. - siguió hablando sosegadamente el tibetano - Hoy dejarás atrás Atenas, y pasarás los dos próximos años de aislamiento en Jamir, donde te erigirás como alquimista encontrando tu propia técnica partiendo de la base establecida. Pero eso no es todo, quiero que me escuches con atención, y no olvides mis palabras.

Así hizo el pequeño protegido de Hamal.

- Si algo llegara a pasarme… O si el Apocalipsis se adueñara de esta Orden en tu ausencia sin haberte proclamado como caballero de Aries, será tu deber como mi heredero restaurar todo lo que ahora conocemos desde las cenizas. Sólo tú conocerás los inicios, sólo tú tendrás la llave para que 4000 años de servicio a Atenea no caigan en el olvido. Habrás de indagar en la historia de nuestros antepasados y, tomando su ejemplo, levantar las doce Casas y dar con nuevos guerreros hasta que la reencarnación de la Diosa haya llegado. Esa es, ante todas, nuestra mayor responsabilidad.

El aprendiz reflexionó. Aunque seguía siendo inquieto, había madurado en cuanto a la asimilación de conceptos, pero sobre todo, en la interiorización de su verdadero papel. Empezaba a ser consciente de cuán denso era el peso de estar llamado a ser el siguiente guerrero del carnero, pero lo aceptaba con humildad y entrega, la misma que había visto en su maestro desde el primer día en que le conoció.

- Lo he entendido. Si el día llegase, cumpliré con mi deber.

Mu suspiró, sintiendo que había transmitido con efectividad tan vital legado. Mas ahora, superados los trámites obligatorios, se veía en una situación que había postergado durante demasiado tiempo, temeroso de no saber bien como tratarla.

Tanto meditó en medio del creciente nerviosismo que su alumno, extrañado, le miró a los ojos tras captar indecisión con su fina percepción psíquica mientras se ajustaba el brillante brazalete al cuerpo.

- ¿Le ocurre algo, señor Mu?

El caballero de Oro esbozó una sonrisa mientras se levantaba y cogía cuantos pergaminos podía transportar de una vez entre sus brazos, pidiendo a su discípulo que lo mismo hiciera, a fin de dejarlo todo perfectamente clasificado antes de la partida.

A la par, se obligó a sacar el temido tema mientras atravesaban un pasillo para meterse en otro, ordenando los documentos como debía hacerse para evitar hacer aún más difícil su búsqueda.

- Kiki… ¿Recuerdas que en una ocasión te hablé del amor, y de que éste no debía conocer trabas que lo cercaran?
- Sí… Fue durante una noche, en la última helada que pasamos en Jamir.

Mu asintió. No sabía como abordar lo que quería contarle a su joven pupilo.
- El amor tiene muchas maneras de expresarse… Puede manifestarse en lo que se siente hacia una hermana, hacia la Diosa, hacia un amigo… No importa la forma que éste adopte, aunque puedas llegar a pensar que no es lo correcto, el simple hecho de sentirlo ya es algo maravilloso que nada ni nadie ha de quitarte.

El más joven de los dos asentía sin más, mientras el mayor se reprochaba a si mismo el que de sus labios salieran un montón de mensajes inconexos entre sí. ¿Cómo meter al inesperado acompañante en la conversación sin dar un salto extremadamente brusco en la misma?

- Si esto te digo ahora es para que no lo olvides. Quién sabe, puede que cuando regreses a Atenas para completar tu formación no recuerde el decírtelo, así que era mejor hacerlo en este momento… Y ahora que menciono lo del viaje, no nos iremos solos, el caballero de Virgo nos acompañará.

Para alguien que hablaba de forma tan pausada y sosegada, aquel atropellado discurso no pasó por alto ni para él ni para su alumno, el cuál tras acabar de colocar el último de los pergaminos le miró, con la sonrisa más grande y brillante jamás dibujada en su rostro, acompañando a su respuesta.

- ¿Está enamorado de él, verdad?

Tal fue el estupor en el primero de los dorados que el silencio, sólo roto por la risa del niño, fue afirmativo.

- Yo ya lo sabía desde hace bastante tiempo. - añadió Kiki alegremente.
- ¿Y cómo te percataste, si me es posible saberlo? - inquirió dulcemente, mientras le instaba a caminar hacia la escalinata de salida.
- Lo dicen sus ojos y sus silencios cuando su nombre es mencionado… Estaba esperando a que me lo dijera usted mismo, no sé por qué ha tardado tanto. Además, mejor si viene con nosotros, así el camino será más llevadero.

No lo expresó con palabras, pero en su interior, el discípulo de Shion se sintió feliz por aquellas sencillas pero sinceras palabras. Kiki no podía siquiera imaginar lo mucho que aquello para él significaba.

- Y también… - añadió por último el pequeño aprendiz - Cuando vivíamos en Jamir tenía siempre tristeza en la mirada. Me gusta más el señor Mu de ahora.

Nada más dijeron al respecto, dejando guardada la conversación en las milenarias piedras de la biblioteca de Aries y sus corazones. El tiempo apremiaba, debían ultimar los preparativos finales. Dejarían atrás tierras egeas para regresar a las gélidas y escarpadas cotas de la cima de la Tierra.

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Sólo los Dioses pueden volar entre Nepal y Tibet…
porque las nubes están llenas de montañas.

Proverbio nepalí.


Ante la meseta de Tibet, la zona poblada a más altitud de todo el planeta, se erigían las colosales formas del Himalaya, o como su propio nombre decía en el sánscrito originario, "la morada de las nieves perpetuas".

Allí el aire era tan puro y frío que helaba la piel de aquellos a los que tocaba, procurando malestar y dificultad para respirar a los extranjeros que se aventuraban a recorrer sus escarpados y sobrecogedores parajes. Siguiendo los senderos creados por peregrinos y comerciantes a lo largo de los siglos, el singular trío proveniente de Atenas se adentraba cada vez más en el interior del que era uno de los países más inaccesibles y desconocidos del globo. Los dos nativos avanzaban felices por retornar al lugar en el que habían crecido, sin acusar ninguno de los temidos efectos del "mal de altura". Por su parte, el hindú, haciendo uso de su cosmos, se esforzaba por seguirles el ritmo sin perder en ningún momento la sonrisa.

Shaka contemplaba maravillado el contraste creado entre las áridas y grisáceas tierras, el limpio azul del cielo y el blanco inmaculado que coronaba las lejanas cimas, aquéllas tras las cuáles se encontraba la India. Pese a su fortaleza física, debía reconocer lo duro que resultaba conseguir aclimatarse a las condiciones medioambientales.

- ¿Necesitas un descanso? Será mejor que avises, el señor Mu y yo podemos pasar días enteros de marcha sin darnos cuenta. - comentó alegremente el aprendiz de Aries.
- Kiki tiene razón. Tomemos un pequeño descanso, luego nos será imposible, debemos llegar a Jamir antes de que la noche caiga o las heladas podrían suponer un contratiempo.

Tomaron asiento a un lado del camino, y mientras el pequeño alquimista corría con júbilo por la próxima y pedregosa ladera para observar el camino desde lo alto, el primero de los caballeros de Oro se preocupó por el estado del sexto.

- ¿Te encuentras bien?
- Sí, ya he me adaptado al ritmo. No esperaba que el aire fuese dan difícil de respirar.

Se sonrieron, y los ojos azules del ario fueron a parar a un punto a lo lejos, en la cordillera que desde un principio habían causado en él fascinación, la cuál suponía frontera natural entre los países de procedencia de ambos.

- ¿No es el monte Everest? - preguntó, con la mirada clavada en el susodicho.
- Exacto. O como aquí le llamamos, Chomolungna, "la Madre del mundo".
- Es todo tal y como había imaginado gracias a tus recuerdos…

Así era el Tibet que le había cedido la primera vez que intercambiaron visiones en sus respectivas mentes: kilómetros y kilómetros de inhóspitos valles, el arrullar del frío viento y gentes tan amables como escasas. Pero ahora, al estar allí junto a él, vistiendo las sencillas pero resistentes prendas que los viajantes llevaban y deleitándose por si mismo con todo lo que le rodeaba, se sintió conmovido.

La entusiasta voz del discípulo del carnero les llamó, ya en lo alto de la colina; sorteando cuantos desprendimientos de rocas y demás dificultades geológicas encontraron, llegaron a su lado. A sus pies en dirección sureste, vieron con todo su esplendor una riada humana, espectáculo que fue recibido con asombro por parte del hindú, debido a que el encontrar tantas personas juntas en aquellas tierras constituía todo un espectáculo.

- Todos los años por estas fechas muchos fieles se disponen a partir hacia la capital. Aunque desde hace décadas ya no se cuenta con la presencia del Dalai Lama, el peregrinaje a la ciudad prohibida es algo que ni el más represivo de los regímenes políticos podrá desarraigar de este pueblo. - dijo Mu, dejando que el tibetano que llevaba dentro se expresase sin pudor alguno.

Su alumno observaba detenidamente a los cientos de hombres y mujeres congregados. Aquella visión le producía sensaciones agridulces, puesto que aunque habían pasado muchos años ya, conservaba recuerdos de los penosos días que había pasado al servicio de aquella pareja, semejante a las que de seguro se encontraban cientos de metros bajo ellos. Se preguntó si él mismo había formado parte de esas riadas anuales con idéntico destino, ya que lo poco que podía recordar eran horas de dura travesía a pie y malos tratos.

- ¿Ha estado alguna vez en Lasha, señor Mu?
- Sí. Cuando tenía tu edad mi maestro y yo la visitamos. Él quería que conservase mi propia identidad cuando fuese armado caballero. Siempre me decía que el respeto hacia lo que te rodea empieza por el respeto hacia uno mismo. Si no sabes quién eres ni de donde vienes, no puedes saber hacia donde vas.

Shaka asintió. No podía estar más de acuerdo con aquellas palabras, pues se las había aplicado a lo largo de toda su vida.

- Y dicho respeto comienza por aceptar lo que se es, aunque se halle en disonancia con aquello que te rodea. - añadió el ario.

Permanecieron en silencio unos segundos mientras reflexionaban, roto el mismo de nuevo por el más joven de los presentes.

- ¿No decía que la noche se nos iba a echar encima? Jamir ya está cerca. Shaka, ¡serás el primer extraño a la Casa de Aries después de Shiryu que haya estado ahí!
- Será todo un honor. - respondió con agrado.

Mientras retomaba el camino tras Kiki y Virgo, los cuáles conversaban animadamente, Mu miró una última vez a la caravana, elemento que le había acompañado a lo largo de su vida. Y con melancolía pensó que en sus días de juventud, antes de renacer a la inmortalidad, nunca hubiese imaginado que compartiría su peculiar ritual con las dos personas a las que más quería.

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El sol comenzaba a desaparecer en el horizonte para cuando penetraron en la sobria estructura de la Torre de Jamir. La noche sería clara a juzgar por el brillo de las estrellas, pero la experiencia dejaba entrever que el frío sería extremo.

Shaka ayudó a cubrir los ventanales con sólidos paneles preparados para aislar de las temperaturas mientras Mu revisaba las instalaciones. Tal y como esperaba, todo seguía en buen estado. Quizás hiciesen falta algunas reparaciones, pero en tal caso, de su alumno dependería el hacerlas.

- Kiki, enciende fuego, espero que las reservas de madera no estén húmedas.

Así hizo el niño, consiguiendo al poco prender las llamas en la tosca chimenea con un buen montón de leña y grasa de yak, mamífero doméstico que abundaba por la zona. Asimismo, la penumbra sucumbió a los tonos dorados y el calor que manaba de la acogedora hoguera.

Ambos caballeros de Oro descendieron por la gran escalera en espiral hasta el epicentro de la Torre, justo donde el joven lemuriano avivaba las llamas, escenario de los rituales de iniciación de los guerreros del carnero. Entre los dos bajaron cuantas mantas de lana pudieron reunir, creando alrededor de la hoguera un sencillo pero reconfortante lugar de descanso.

Haciendo gala de la tan arraigada hospitalidad, los Aries insistieron hasta que Virgo accedió a tomar asiento entre la ahora mullida superficie y mitigaba lo helado de sus manos. Pronto estuvieron todos reunidos, mientras Mu calentaba y a continuación servía sendas tazas de té.

- Por lo elevado de la cordillera las borrascas no atraviesan las montañas, así que aquí apenas llueve o nieva, salvo en zonas puntuales. Cuando llevas toda la vida alejado de cualquier indicio de civilización, el agua corriente te parece un auténtico milagro. - bromeó haciendo alusión a las comodidades disfrutadas en Atenas, mientras les tendía la consabida infusión.

Bebieron con agrado. El té se tomaba amargo y espeso en Tibet, resultando desagradable para muchos occidentales. Sin embargo, no tardó el ario en pedir que su taza fuese nuevamente llenada.

- ¿Cuál es la historia de esta Torre? Su arquitectura es singular, debe ser una construcción única en su género. - preguntó el hindú entre sorbo y sorbo.
- Dicen las escrituras que se construyó hace 3000 años, pero yo no me creo que sea tan vieja. - respondió con desparpajo el aprendiz.

Shaka rió suavemente. El carácter del niño le parecía encantador.

- Es obra de Sheratan(*), quien fuese el representante de la décima generación de la Casa de Aries. Antes de su creación, los entrenamientos se sucedían por estos parajes, sin enclave fijo. De él fue la idea de dotar a los aprendices de un lugar donde residir y a la vez poder profundizar en la alquimia con mayor efectividad. Como bien ha dicho mi alumno, de eso hace ya 3000 años… Aunque para él suponga una data… Excesiva. - comentó, mirando con resignación a su pupilo, el cuál esbozó una pícara sonrisa.
- ¿Y qué más has aprendido en tu estudio, Kiki? - quiso saber el portador de la Virgen.

Entusiasmado por la oportunidad de mostrar sus conocimientos, el implicado parloteó como nunca acerca de todos y cada uno de los datos que había alojado en su memoria. Las horas se sucedieron rápidas entre amena conversación por parte de los tres. Nunca la fortaleza de los alquimistas recogió tanta dicha en su frío interior, pero como todos los momentos felices, ésta debía acabar, al menos por aquella velada.

Mu seguía hablando despreocupadamente cuando la mirada azul del hindú se desvió ligeramente de la suya. Siguiendo el camino trazado por ésta, reparó en que el niño se había quedado dormido a su lado. Ahora que se daba cuenta, hacía rato que no le escuchaba.

- Voy a dejarle en la cama, volveré enseguida. - susurró.

Era algo que no hacía desde que su alumno tenía 3 años, pero quizás por lo especial del momento, no pudo reprimir el deseo de tomarle entre los brazos y portarle con cuidado y silencio a la que había sido su habitación hasta el día en que partieron a la batalla.

Le arropó, para observarle dormir completamente exhausto. Una parte de él sucumbió a la tristeza al ser consciente de que tendrían que separarse por vez primera desde que le encontrase. Mas ese era el sino de los mentores y sus discípulos. Presenciando la evolución de su protegido, pensó en lo rápido que había transcurrido el tiempo.

Cerró la puerta para regresar junto al ario, el cuál, con la espalda apoyada en la pared más próxima, le invitó a compartir aquella manta que le cubría.

- Sufres por tener que dejarle… - dijo Shaka, apoyando la barbilla sobre su hombro.
- El día en que Shion se marchó y quedé solo aquí, creí que no podría conocer mayor pena que esa… Pero ahora que revivo la situación desde el punto de vista del maestro, sé que estaba equivocado.
- Es un ser extraordinario. Debes sentirte orgulloso de él.
- Lo estoy… Talento y valía ya posee, es cuestión de que forje su propio camino.

Así, entre el calor de las brasas y el de sus propios cuerpos, despidieron juntos lo que restaba de noche. Con el nuevo día abandonarían Jamir… Y se iniciaría un viaje en el que el alquimista sólo dos paradas claras tenía. Le enseñaría a aquél que descansaba a su lado los lugares que habían marcado su existencia, no ya en un enlace mental, sino en la más estricta y magistral realidad.

(*) Sheratan es, junto con Hamal, el astro más importante de la constelación de Aries.

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Situado a una respetuosa distancia, el hindú observaba como a lo lejos se producía la consabida despedida entre alumno y maestro.

El guerrero de Aries, con una rodilla apoyada en el suelo para poder mirar directamente a los ojos de su discípulo, daba a éste las últimas indicaciones con voz formal y confidente.

- Saca todo el provecho posible a estos dos años, Kiki. Pon a prueba tus conocimientos, investiga en la materia, indaga en los misterios de la ciencia y deja que el alquimista que duerme en ti salga a la luz.
- Sí, señor Mu.
- A lo largo de este periodo, tú serás dueño y señor de Jamir. Imponte como tal, respeta este lugar como todos los que te precedieron han hecho, y así dejar trazado el camino para las siguientes generaciones.

El niño volvió a asentir. En sus ojos, predisposición, seguridad… Pero también tristeza, temor ante lo desconocido. Le sonrió, tratando de imprimirle ánimos, pues estaba a punto de enfrentarse a una de las etapas más delicadas en la formación de todo caballero de la primera Casa.

- Si algo llegase a suceder… Tendrás noticias mías. No olvides tu cometido. Buena suerte.

Y sin más, le dejó a pies de la colosal torre para desaparecer en el horizonte junto al ario, sin mirar atrás. El pequeño lemuriano les siguió con la mirada hasta que sus esbeltas figuras pasaron a ser tan difusas que imposible era percibirlas.

Decidido a convertirse en un guerrero ejemplar, Kiki penetró en Jamir, tragándose la pena, dispuesto a combatirla a golpe de estudio y entrega.

Por su parte, los dos caballeros de Oro caminaron por los abruptos terrenos sin pronunciar palabra alguna durante varios kilómetros, hasta que detuvieron su andar en un precipicio. Desde allí se divisaba un paisaje digno de ser contemplado sin nada que interrumpiera la labor.

Tibet, olvidado del resto de la humanidad, les envolvía en silencio, consiguiendo que el ser más cercano a los dioses se cuestionara la verdadera dimensión de su existencia, sintiéndose insignificante al lado de la gloria de la naturaleza… Sabiéndose precisamente eso, humano, en medio de una nada tan hermosa como desolada, junto a un dolor que, pese a no provenir de su interior, calaba tan hondo como si lo fuera.

Consciente de lo que su compañero estaba pasando, le abrazó con fuerza. Mu hundió el rostro entre sus brazos mientras cerraba los ojos, respirando el peculiar aroma de sus cabellos, refugiándose en su calor, queriendo que el transcurrir del universo se detuviese.

Para el alquimista ya no había marcha atrás.

- He de acudir a una llamada que por más no puedo rechazar… Pero solo no podré. Necesito que permanezcas a mi lado.
- Lo haré.

Durante los largos ocho años vividos en la completa soledad del exilio antes de tomar a su alumno, había reprimido aquel impulso con todas sus fuerzas, mas ahora supo que era momento de dejarse guiar por el mismo, y de ser sincero y consecuente con la verdad que en su corazón ardía, y que con él quería compartir.

Descendieron por valles, sortearon riscos y abismos resistentes a cualquiera de sus extraordinarias habilidades marciales, luchando contra las ráfagas de viento helado en contraposición con el sol que, implacable, azotaba sus pieles. Una vez más, ni el mejor de los guerreros podía enfrentarse a la sabia tierra, ni mucho menos vencerla.

Las horas les llevaron hasta una planicie, bordeando las faldas de una escarpada cordillera. Tan pronunciado era su vórtice que los nativos temían explorarla, llenándola de todo tipo de supersticiones y leyendas. Lo que quizás ignoraba la mayoría de las humildes gentes que hacían uso de los consabidos rumores… Era, efectivamente, la existencia tras las montañas de algo a lo que no podían dar explicación.

Se detuvo, sumido en sus percepciones y pensamientos. Sin embargo, no hizo Virgo lo mismo, sino que avanzó con lentitud, contrayéndose su rostro por todo lo que su alma captaba. A su alrededor, cientos de rocas de diversos tamaños, grabadas con caracteres que hablaban por si solos en una lengua universal: la del dolor.

Distinguió por el polvoriento suelo las formas de una estructura de madera calcinada, y huellas acumuladas durante años y años de peregrinaje, de respeto. Antes de que Aries lo confirmase, supo dónde se encontraba.

- Los chinos arrasaron con el monasterio durante la noche. Los Lamas practicaban el pacifismo, era evidente que nada tenían con lo que defenderse, y sin embargo, no tuvieron piedad alguna. Dispararon contra todo aquello que se movía, prendieron fuego llevándose vidas y reliquias incalculables… - dijo emocionado. - Es un milagro que yo haya sobrevivido, quizás estaba escrito en las estrellas.

El destino había querido que ambos, durante sendos episodios de sus vidas, hubiesen sido monjes de Buda. Y Shaka, quién había ejercido dicho papel hasta edad más tardía, oró por los caídos en la más bella, antigua y complicada de las lenguas existentes: el sánscrito.

El alquimista acompañó la plegaria mentalmente, muchos sutras guardados habían quedado en su memoria, como los graves y monocordes cánticos propios de aquellas tierras. Hubiese deseado seguir rezando en recuerdo de los que le encontraron entre las montañas que ahora le llamaban con persistencia, pero… Ahí seguía su particular canto de sirena.

Tenía esa sensación tan arraigada como la fascinación y a la vez pavor que la visión del mar le producía, fruto de la desgracia vivida por sus antepasados, presente todavía en forma de instinto. Ahora más que nunca, el ser contradictorio que era necesitaba reencontrarse con sus orígenes.

Tomó la mano del portador de la Virgen para no soltarla en ninguno de los escabrosos tramos por cubrir en la ascensión. Salvaron las alturas midiendo la estabilidad de cada milímetro. Un paso en falso podía suponer el precipitarse en el vacío, y hasta para caballeros como ellos, la caída sería fatal.

Las rachas de aire azotaban con violencia, pero al fin, en lo alto, distinguieron lo que parecía una abertura excavada en la piedra. Treparon, logrando penetrar en ella, descubriendo que se trataba del inicio de un angosto y húmedo túnel.

Tras tantear en las resbaladizas paredes, Mu asió aún con más fuerza la mano del ario, avanzando con paso firme y decidido, dejándose guiar por lo que su corazón le dictaba. Tan fuertes eran los latidos que Shaka podía escucharlos claramente junto a la distorsión de los pasos por el eco.

La gruta se fue estrechando, hasta que se vieron obligados a arrastrarse en algunos tramos en vertical hacia arriba, haciéndose la atmósfera más y más agobiante por la falta de aire y la cerrada oscuridad… Hasta que al fin Aries vio un haz de luz asomando en lo alto.

Logró salir de la gruta para recalar en una superficie sólida, ayudándole a salir de la misma. Los cabellos de ambos fueron agitados por el viento, señal inequívoca de que habían dado con una salida hacia el exterior. Cegados por los rayos del sol, sus ojos una vez estuvieron acostumbrados no dieron crédito a lo que ante ellos se dibujaba.

En medio de un colosal valle entre hileras montañosas que formaban un óvalo de caprichosa precisión y entre espesas nubes, se encontraban las cúpulas doradas que indicaban la entrada a Shamballa, o como otros habían querido llamarla, Lemuria, la ciudad legendaria donde los supervivientes al hundimiento de Atlántida habían vivido durante milenios bajo la superficie del planeta.

El alquimista contuvo la respiración, incapaz de encontrar calificativos suficientes para describir el cúmulo de sentimientos que le agolpaban. Durante toda su vida había llevado un vacío en el pecho por saber que en realidad, no pertenecía a ningún lugar. Adoptado por tibetanos y criado en el país de éstos, se dejó enamorar por la magia de las áridas tierras en las que había crecido, adquiriendo sus costumbres, sus tradiciones, con tal de sentirse parte de algo.

Y sin embargo, el mundo del que provenía, mitigado por cientos de fábulas y leyendas… Era real.

Al fin pudo reencontrarse con sus orígenes, pero, sobre todo… Ser capaz de expresar lo que su alma durante tanto tiempo había sabido.

- Cuando Kiki me haya relevado como caballero de Aries, y tú ya no estés… - le dijo con la voz rota por la emoción. - Regresaré a Shamballa.

Sin apartar la vista del mayor espectáculo que jamás había contemplado, Virgo pensó en lo que habría en el interior de la tierra bajo aquel hermoso pórtico: cientos, miles de seres dotados de percepción psíquica inaudita, conocimientos ancestrales y una bondad sin límites…

Pero lo que más se preguntó el corazón del hindú fue si tras aquellas paredes unos hipotéticos padres, hermanos o hermanas aguardaban al regreso del escogido para servir a Atenea por los siglos que le correspondiesen.

- Volverás con los tuyos… - musitó Shaka.

El fulgor de los ojos del lemuriano se clavó en los suyos, acompañando a las palabras de su mente y espíritu, las cuáles resonaron nítidas en su interior, respondiendo a las suyas.

<<Regresaré con los de mi raza… Pero mi hogar y mi familia siempre estarán… Donde tú, Kiki y mi difunto maestro os encontréis…>>

La contemplaron por minutos que parecieron una eternidad, los suficientes para que el descendiente de Atlantis postergara lo prometido. Aún su no había concluido, no mientras la Diosa necesitase de sus servicios, su alumno no hubiese ganado la armadura… Y el hombre al que amaba no encontrase la muerte a pies de los Sales gemelos.

- Yo también quisiera ver con mis ojos el lugar donde nací.

Habían estipulado la duración del viaje en unas dos semanas, pero apenas habían consumido la mitad de los días planeados, por lo que Mu quiso corresponderle y pagarle con igual moneda, agradeciendo así el que hubiese estado junto a él en aquel momento decisivo.

- Varanasi, ¿verdad?
- Sí… A orillas del Ganges.
- Tomando dirección sur, y atravesando Kathmandu, no nos llevará más de dos días llegar hasta allí.

Decidido quedaba. Tomó su pálido rostro entre las manos. Besó su frente, sus pómulos, sus labios…

- Vamos, asceta... Nuestro viaje aún no ha concluido…

Una última vez divisaron Lemuria antes de dejarla a sus espaldas, quedando suspensa en el aire una promesa que algún día sería cumplida. La milenaria polis tendría que esperar, puesto que la senda de ambos caballeros de Atenea no terminaba ahí, sino que se prolongaba concretamente… Hasta la ciudad de la luz.

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- Prólogo -

Siddharta recorrió gran parte del norte de la India, hoy en día el actual Nepal, buscando su verdad interior. Descendió de las montañas para llegar a las llanuras, siendo la ciudad de Benarés (o Varanasi, como se la conoce en nuestros días) el lugar donde el futuro Iluminado dio su primer sermón, confiando a cuantos quisieron escucharle las llamadas "Cuatro verdades nobles", e iniciando la "Rueda de la ley del dharma", sus enseñanzas.

"Benarés…
Mas antigua que la historia, mas antigua que la tradición, incluso
más antigua que la leyenda, y parece el doble de antigua que todo ello junto."

Mark Twain


La India era contraste. En su aire cálido podían distinguirse dos fragancias que, pese a repelerse mutuamente, resultaban indivisibles: la de la muerte y la vida. Entre sus calles, repletas de vivos colores, se adivinaba lo gris de la pobreza. Junto a la miseria más absoluta, nunca faltaba la feliz sonrisa en aquéllos que abarrotaban cada uno de los rincones de esa ciudad que, bordeando el sagrado Ganges a lo largo de cinco kilómetros, era centro de peregrinaje desde hacía más de siete mil años. Quizás por ello, Buda la había elegido, dejando impreso su recuerdo en cada ser que la atestaba.

Siguiendo la máxima del viajero, es decir, amoldarse a lo que a uno rodea cuando se encuentra en tierra ajena, cambiaron las toscas ropas de abrigo necesarias en el Himalaya por otras coloridas y livianas, parecidas en fisonomía a los saris con los que las mujeres vestían sus cuerpos.

Abriéndose paso entre la multitud, Mu admiraba sobrecogido tanta contradicción a su alrededor, dejándose llevar por el ario, el cuál resudaba felicidad por recorrer su ciudad, y al fin verla con ojos propios. Habían pasado muchos años desde que el Iluminado le mostrase la realidad, pero hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos y moribundos seguían poblando Varanasi, y así seguirían haciendo durante siete milenios más.

Shaka sentía paz, como si ese viaje fuese un capítulo pendiente de cerrar ya no sólo en su vida, sino en una anterior. Los mercaderes se anunciaban entre el griterío, el sándalo quemado por doquier persistía, impregnando el olfato con notas dulces, y rítmica percusión de música callejera acompañaba al fiel que pronto purificaría su alma en las turbias aguas del río sagrado.

Gentes de todas las edades y condición se agolpaban entre la ecléctica arquitectura fruto de las diversas influencias culturales recibidas a lo largo de los siglos. Ante ellos, las aguas doradas y los Ghats, escaleras de mármol que llevaban a las mismas. Era posiblemente una de las mayores diferencias entre las creencias de Occidente y Oriente: para los primeros, la salvación se conseguía subiendo las escaleras hacia el Cielo. Sin embargo, allí ésta se hallaba descendiendo por los desgastados peldaños de la ciudad de Shiva.

Lograron llegar hasta el río, entrando en las aguas lentamente, hasta quedar cubiertas sus respectivas cinturas. Una anciana oraba cerca de ellos mientras depositaba una corona de flores en la superficie, llevándose el río los restos recién obtenidos en un crematorio cercano.

Shaka la contempló, leyendo en su interior profunda tristeza creada por la pérdida del ser querido, pero a su vez fe y esperanza.

- No has de sentir pesar, buena mujer. Aquí ha abrazado la muerte, al recibir el Ganges sus cenizas ha roto el ciclo del Karma. Su descanso eterno será.

Los oscuros ojos de la hindú buscaron al dueño de la voz que la alentaba. Lágrimas agolparon su arrugado rostro al sentir la luz que irradiaba el joven del que provenía. Era tan sosegada su aura, tan cálida su presencia… No podía tratarse de nadie más que… Él.

Murmurando una sencilla plegaria la peregrina tomó agua entre sus manos y la vertió sobre la cabeza de la reencarnación del Iluminado, puesto que como tal le había reconocido en cuestión de segundos, bendiciéndole por toda la eternidad. Mismo gesto tuvo con el misterioso hombre que aguardaba a su lado, mirándola con amables iris de color tan extraño como el de sus cabellos, pareciendo una de las tantas esculturas que adornaban los templos por los alrededores, sólo que con vida propia para velar el viaje de Gautama.

Virgo y Aries, convertidos ahora en meros practicantes de ritos y tradiciones, imitaron lo hecho por la mujer una vez solos, regando con las aguas al otro, fijando aquello que les unía. Finalmente, se sumergieron por completo. El ario se supo lleno de satisfacción, libre de pesar. Por su parte, el lemuriano se sintió, por vez primera, espiritualmente completo.

Sobre uno de los Ghats tan numerosos en la orilla, dejaron que el sol les secase, mientras observaban el continuo llegar de miles y miles de personas para cumplir la misma pauta.

- Todo cuanto hay aquí me hace pensar que nos pasamos nuestra existencia buscando lo necesario para vivir… Y en realidad, nada de lo que creemos fundamental es imprescindible. - comentó el alquimista.
- Aquél que se permite ver con el alma libre de ataduras y barreras llega a esa conclusión… Ni yo mismo lo hubiese expresado de mejor forma. - respondió, ensimismado.

Había tanto que visitar, y tan poco tiempo…

- Me mostraste tu monasterio. Permite que te lleve al mío, al lugar donde recibí Su llamada, y en dónde se me reveló el camino a seguir. Me pregunto si los que fueron mis hermanos siguen allí.

Una vez secas sus pieles y ropas, retornaron a los laberintos formados por lo caótico de las casas, sorteando decenas de callejones, siendo uno de los mismos el que vio nacer al ario en tan infrahumanas condiciones. El nativo recordó con precisión la noche de su huída, el rápido vagar por las calles vacías en la madrugada, los relieves del muro a sortear… Contemplaron las suntuosas puertas abiertas que conducían al interior del templo, sabiendo con certeza que habían dado con el enclave preciso.

Muchos transeúntes admiraban la sobria belleza, aguardando su turno para poder rezar ante el mayor tesoro que entre las paredes se encontraba: una gigantesca estatua de Buda, venerada por generaciones enteras.

En el interior, ultimando las ofrendas y velando por la armonía del recinto entre los peregrinos, un monje en edad madura observó a los dos singulares visitantes que acababan de penetrar en la instancia. Desde que tomase el relevo del anciano como máxima entidad en dicha comunidad budista, se había preguntado en multitud de ocasiones qué habría sido del niño y luego joven divino, escogido por los Dioses según palabras del sabio, desaparecido misteriosamente una noche de luna llena.

Su corazón se sobresaltó al sentir aquella energía que tan bien conocía, reconociendo en la dorada y brillante melena al ser que por tanto tiempo había ocupado sus pensamientos. Con discreción, se acercó hasta ellos, saludándoles con una reverencia a estilo del país.

- Dichosos sean mis ojos, pues al fin te vuelven a ver, elegido.

Shaka no conocía el rostro del hombre que le hablaba, pero sí su voz y presencia. Con una sonrisa, confirmó que se encontraba ante el monje que en el pasado mostrase tanta preocupación por el niño que era, el mismo que le avisó de la citación del anciano en su lecho de muerte, momento en que recibió el rosario de 108 cuenta que con él siempre llevaba.

- Dichosos los míos por encontrarte con vida. Más de una década ha pasado desde mi partida, pero finalmente he retornado, aunque sea por escasas horas, al que fue mi refugio.

Encantados por la anhelada visita, la totalidad de la comunidad cerró las puertas al monasterio, dedicando lo que restaba de jornada al recién llegado y su acompañante. Muchos de los presentes le recordaban, y los más jóvenes habían escuchado durante lustros las historias concernientes a la encarnación de Buda que había formado parte de ellos hasta los veintiún años. Agradecidos por la cordialidad mostrada, los guerreros aceptaron la propuesta de pasar ahí la noche.

El astro rey cedió lugar a las estrellas, bajo las cuáles Mu pasó unos minutos a solas junto a la colosal higuera que coronaba los jardines exteriores. Tocó su corteza con las yemas de los dedos, sintiéndose parte de una historia, la de la senda de Siddharta, asimilada en sus días de niñez. Le vio llegar, y acarició su rostro perfecto, embargado por la magia aún presente de aquel día.

- Aquí se inicio tu marcha hacia Atenea… - susurró Aries.
- Éste árbol me vio partir una vez, y de nuevo lo hará en cuanto llegue el amanecer.
- Con una salvedad… En esta ocasión, a los dos tendrá que despedir.

Y así, juntos, regresaron al interior a fin de descansar y prepararse para el viaje de regreso. Habían sido días breves, pero poco importaba. Quedarían inmortalizados para siempre en el capítulo de su tragedia que habían escrito por si mismos, sin tener que ceñirse al guión prefijado del Santuario.